"Artista de Atrapados por la Imagen"
en:
"Jhonn Mccam y Greta Carrington"
- Relato inédito -
"La editorial de Atrapados por la Imagen, es un espacio accesible para todos, fomentando la participación y el intercambio creativo".
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Cuento inédito para Atrapados por la Imagen
Cuando miró el reloj supo que esa
mañana llegaría tarde a la oficina. Saltó de la cama con los ojos pegados y el
pelo revuelto. Churchill estiró sus patas con pereza y no dejó que la prisa de
Greta estropeara su modorra. La mañana había llegado demasiado pronto para los
dos. No durmieron lo necesario. Ella estaba inquieta y él sufrió las
consecuencias. Todo por culpa de las flores que Greta había recibido la tarde
anterior en su oficina. Cuando las vio, le costó aterrizar. Primero tomó
distancia y después las estudió curiosa. Entonces, pensó, es un bouquet no es un
simple ramo es casi lo mismo pero no es igual. Habían colocado dentro de una
pecera de cristal pimpollos de rosas rojos, blancos, amarillos. Pimpollos del
tamaño de un dedal en un colchón de helechos de distintos tonos de verde. Se
dijo “Es muy hermoso”. Recién en ese momento le dio paso a la alegría, era la
primera vez que recibía algo tan bonito. Cuando leyó la tarjeta “John”. Nada
más, solo John. Ahí sintió sorpresa, inquietud y algo de miedo.
No fue un impulso de último momento, no. Hacía unos días que rumiaba la idea. Justo después de encontrarse con Peter. La mencionó al pasar entre cerveza y cerveza. Dijo algo sobre que estaba linda, que se la veía feliz, tranquila. Algo de una luz o que brillaba con otra luz. Entonces, John que casi se había olvidado de Greta se preguntó en qué momento su amigo se había vuelto poeta. Acto seguido se sintió molesto. Celos, no. Molesto, sí. Contrariado, eso es, contrariado. Y comenzó a recordar los primeros días antes de que Greta fuera su pareja cuando apenas eran compañeros de estudio. Le fue difícil saber quién vio primero a quién. Un día sus miradas se encontraron. Otro la mano de ella se demoró sobre la de él o fue al revés. Más tarde largas charlas, intercambio de apuntes, libros. Finalmente, un café, una cerveza, una tarde en el Hyde Park y una noche de sexo sin amor. Sexo de placer y después vemos. Le molestó que Peter dijera linda porque Greta no era linda. Era otra cosa o muchas cosas. Era atractiva, sensual, inteligente. Cuando defendía una idea, lo hacía en forma descarnada, lo que resultaba divertido o hiriente. Y con la indiferencia de los ignorantes podía convertir el simple hecho de comer un scon en el momento más erótico del día. Greta era todo menos linda.
Había soñado toda la noche con John. Se despertaba en medio del sueño entre nostálgica e inquieta tal vez con ganas de más. Atrapada en un laberinto de recuerdos que hasta ayer creía muertos pasó toda la noche con él. Sí John y ella en presente pero en pasado, porque era hoy pero jóvenes como ayer, como diez años atrás. Es maravilloso soñar, sí: maravilloso. Y se mordió los labios y estaba tan confundida que no supo si al hacerlo contenía una sonrisa o un puchero.
Churchill la miraba desde la cama
atento, indulgente. La conocía lo suficiente para saber que algo no estaba
bien. Se arqueó en una perfecta medialuna. Se estiró, más, y más y más, por
último abrió los dedos de sus patas con mucha pereza. Todo sin quitar sus ojos
azules de Greta. Azules como los de John y el pelo también. Azul, no. También
como el de John color caramelo entre rubio y naranja. Cuando Greta lo eligió
entre muchos y diferentes gatos no pensó en eso, más tarde encontró el
parecido. O los parecidos, porque Churchill tiene muchas cosas de John. Algunas
noches ronca, no le gustan las tormentas, se sobresalta con la alarma del
despertador, muy de a poco se va apoderando de la cama cuando duermen. Le gusta
el pescado y el queso chédar, odia la ensalada de cebolla. Se duerme cuando miran
televisión y se pone cariñoso con Elton John. Los primeros días también le
gustaba escaparse por las noches. Ser un gato libre, sí eso. Pero para
problemas gatunos de infidelidad hay solución. “Castralo” le dijo el
veterinario y Greta aceptó. Desde aquel día Churchill engorda junto al televisor
o sobre su falda. Ahora disfruta de un solo amor y el felices para siempre dejó
de ser una utopía para ellos. A un hombre libre no se le cortan las pelotas
aunque una quiera, por eso lo dejó ir.
Días atrás Peter le había traído de
vuelta a Greta. Primero se sintió raro, después como una amenaza. Entonces
pensó que es increíble la cantidad de recuerdos que pueden desatarse cuando se
activa la memoria. También que vuelven mezclados como si los trajera una cola
de tornado. Pasando uno por sobre otro sin dejar lugar a que él pueda detenerse
en alguno en particular. De pronto están ahí la horrible pollera de flores, el
suéter naranja corto, muy corto, de mangas más largas que sus brazos. Y no puede detenerse porque por sobre ellos
se cuela la imagen de unas nalgas redondas, tersas, suaves como la piel de un
durazno y para entonces ya tiene la boca llena de saliva. Y no la puede
disfrutar porque en la espalda de Greta, el sudor se desliza dejando en ella
finos, breves, surcos salados. Y cuando su lengua quiere alcanzarlos un gemido
de placer se enreda en sus oídos, que le recuerdan sus tetas pequeñas, firmes,
jugosas como naranjas y ya no la quiere de espaldas porque necesita llegar a su
pezón. Los pezones de Greta dulces como la miel, dulces y esquivos para
encenderlos más. Apenas cierra los ojos y está a punto de atrapar uno de ellos.
Pero antes de lograrlo el olor a pan caliente de la tostada que acaba de dejar
el mozo sobre la mesa de su vecino lo expulsan a la ensalada de cebolla.
Entonces, la magia se rompe porque él odia la cebolla. Odia lo que le cuenta la
cebolla. Le habla de peleas, de enojos irreconciliables, de castigo. Curiosa
forma de castigarlo tenía Greta. John en algún momento había comenzado a
sospechar que ese acto, nada ingenuo, de prepararle el plato que más detestaba
encerraba un mensaje oculto, una intención oscura. Por lo repetido, lo
obstinado y en especial por el silencio que lo acompañaba.
No tiene derecho se dijo por
millonésima vez. John y sus flores de mierda irrumpían en su vida y eso no era
bueno. Greta lo sabía. Como sabía que todo lo que tenía de apasionado lo tenía
de voraz. Que era inteligente, seductor y destructivo. Que sus brazos la
envolvían al igual que sus mentiras. Que los besos ardían y sus caprichos
lastimaban. Que él dejaba heridas grabadas a fuego. Abandonarlo no había sido
un acto de generosidad, había sido un acto de supervivencia. Fue así de
sencillo. Un día cualquiera hace diez años, ella se levantó y supo que ya no
quería ese amor. Entonces le gritó
- Basta para mí,
ya no seré tu Catherine.
- ¿Mi qué?
Respondió John y abrió los ojos como platos sin entender por qué lo dejaba y quien era Catherine. Y ella se fue sin golpear la puerta, sin más.
Dejó atrás un amor impulsivo, intenso,
visceral, apasionado hasta la locura, contradictorio y oscuro. Dejó atrás a su
Heathcliff segura de que la vida le regalaría un Edgard Linton y no se equivocó.
Churchill siempre había sido feliz
con Greta pero lo fue más cuando Peter comenzó a visitarlos. Porque Peter trae
pescado y a él le gusta el pescado y porque lo deja sentarse en sus piernas y
lo acaricia todo el tiempo y más. Los tres saben que la mano de Peter sueña con
acariciar a Greta, también saben que puede esperar todo el tiempo y más. Lo que
sea necesario está dispuesta a esperar la mano de Peter. Ella confía, está
tranquila porque mientras acaricia a Churchill, Peter derriba obstáculos,
expulsa miedos, borra heridas.
Era la mañana del 7 de julio del
2005 Londres disfrutaba del verano y John de un café amargo como era su costumbre. Pero ese día a
diferencia de otros tenía un tenue casi imperceptible sabor a nostalgia. Los
recuerdos de Greta primero se habían filtrado en forma aislada, como quien no
quiere la cosa. Esa mañana ya eran tumultuosos, incontrolables. Igual se sentía
confiado, optimista. Estaba seguro que Peter tramaba algo, algo para quedarse
con Greta. Pero él con su jugada magistral la traería nuevamente a su pecera.
Después vería. Al fin de cuentas el sexo con ella siempre había sido bueno, más
que bueno, extraordinario. Ya cargaba cuarenta y tantos, si se dejaba estar, en
un abrir de ojos se encontraría viejo y solo. Miró a través de la ventana del
bar, sus ojos azules siguieron a una morocha que cruzaba la calle. A él le
gustan las latinas, si son colombianas o venezolanas mejor. Curvas redondas,
altas, piernas firmes, el pelo negro, los ojos más negros aún, voluptuosas,
exuberantes. Ama las latinas. El mozo tropezó con algo y derramó un vaso de
limonada sobre su mesa. Le iba a decir algo cuando escuchó
- Qué desastre
- Sí, tiene que
tener más cuidado
Se apresuró John mientras se corría hacia atrás para evitar que el jugo manchara sus pantalones. Pero el mozo no le hablaba a él, el mozo le hablaba al plasma. Estaban pasando las noticias.
La ducha fría le sirvió a Greta
para aclarar sus ideas y tomar dos decisiones importantes. La primera iba a llamar a un mensajero para así devolver
las flores a John con un “No molestes,
no llames, sos historia”. La segunda tenía que ver con Peter. No le llevó mucho
tiempo estar lista para ir a trabajar aunque se demoró un poco más de lo
acostumbrado frente al espejo. Le gustaba estar linda aunque no pudiera verla.
Tomó el celular y llamó.
- ¿Peter ?
- ¿Si?
- Soy Greta
- ya sé. ¿Qué le
pasa a mi princesa?
A ella le gustaba mucho que le
dijera princesa, hasta ese día se había hecho la tonta. Había pretendido
ignorarlo, poner distancia. Pero aquella mañana se deslizó en un coqueteo sutil
delicado propio de una princesa. Que fue transformándose en uno dulzón al filo
de lo empalagoso. El reía, ella reía, el susurraba, ella susurraba. Greta no
retorció el cable del teléfono como lo hacen las chicas de las novelas
simplemente porque era un celular y no tenía cable. Ella terminó la
conversación con un
- Te espero a
cenar
Él agitó su brazo con el puño
cerrado en señal de victoria y le dijo protector.
- Toma un taxi al
trabajo, ya es muy tarde.
Eran las 8 y 30 horas cuando Greta
salió de su casa, corrió hasta la estación de Liverpool Street debía tomar el
metro que la llevaba a Aldgate iba feliz.
John estaba en el bar tratando de
evitar que una limonada manchara sus pantalones cuando se enteró que cuatro
explosiones habían paralizado el sistema de transporte público de Londres. A
las 8 y 50 tres bombas con cincuentas
segundos de diferencia entre una y otra habían explotado en tres vagones del
metro de Londres. La última lo hizo aproximadamente una hora después en un
autobús en la plaza Tavistock. John no se preocupó no sabía nada de la nueva
Greta, sus costumbres, sus horarios.
Peter flotó en una nube de amor y
éxito parte del día . Churchill durmió al sol frente a la ventana hasta la hora
de la cena.
Y Greta, bueno Greta perdió el
tren, tomó el taxi y nunca se dio cuenta de que, tal vez, el bouquet de pimpollos de
rosas y la arrogancia de John habían salvado su vida.
Editora Literaria: Isabel Santoro
ABRIL 2026

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ResponderBorrarUn relato muy atrapante casi desde el principio, las flores de John siembran intriga, y luego el relato va develando muy lentamente, como le cuadra a esta historia, momentos del pasado, rasgos de los personajes, muy buen uso del gato como apoyatura, muy buenos los climas, el tempo, la fluidez, se lee como una vaselina, y ahora la intriga se traslada al presente, yo lector ansío conocer el desenlace, que con buen manejo de tiempo y circunstancia, no lo sé sin antes pasar por una idea que se plantea sin trampas, pq es bien posible y verosímil, y recién entonces el relato me acarrea al final. Bien ahí, Patricia
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