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lunes, 13 de abril de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: " Jhonn Mccam y Greta Carrington" - De la escritora: PATRICIA BALDA - Provincia de Buenos Aires

 

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen


RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

REGISTRO DE PROPIEDAD INTELECTUAL

ATRAPADOS POR LA IMAGEN




Cuentos y Relatos Presenta a...


PATRICIA BALDA


"Artista de Atrapados por la Imagen"


en: 


"Jhonn Mccam y Greta Carrington"

- Relato inédito - 


"La editorial de Atrapados por la Imagen, es un espacio accesible para todos, fomentando la participación y el intercambio creativo".


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Cuento inédito para Atrapados por la Imagen


"Jhonn Mccam y Greta Carrington"

PATRICIA BALDA

 

             Cuando miró el reloj supo que esa mañana llegaría tarde a la oficina. Saltó de la cama con los ojos pegados y el pelo revuelto. Churchill estiró sus patas con pereza y no dejó que la prisa de Greta estropeara su modorra. La mañana había llegado demasiado pronto para los dos. No durmieron lo necesario. Ella estaba inquieta y él sufrió las consecuencias. Todo por culpa de las flores que Greta había recibido la tarde anterior en su oficina. Cuando las vio, le costó aterrizar. Primero tomó distancia y después las estudió curiosa. Entonces, pensó, es un bouquet no es un simple ramo es casi lo mismo pero no es igual. Habían colocado dentro de una pecera de cristal pimpollos de rosas rojos, blancos, amarillos. Pimpollos del tamaño de un dedal en un colchón de helechos de distintos tonos de verde. Se dijo “Es muy hermoso”. Recién en ese momento le dio paso a la alegría, era la primera vez que recibía algo tan bonito. Cuando leyó la tarjeta “John”. Nada más, solo John. Ahí sintió sorpresa, inquietud y algo de miedo.

 

No fue un impulso de último momento, no. Hacía unos días que rumiaba la idea. Justo después de encontrarse con Peter. La mencionó al pasar entre cerveza y cerveza. Dijo algo sobre que estaba linda, que se la veía feliz, tranquila. Algo de una luz o que brillaba con otra luz. Entonces, John que casi se había olvidado de Greta se preguntó en qué momento su amigo se había vuelto poeta. Acto seguido se sintió molesto. Celos, no. Molesto, sí. Contrariado, eso es, contrariado. Y comenzó a recordar los primeros días antes de que Greta fuera su pareja cuando apenas eran compañeros de estudio. Le fue difícil saber quién vio primero a quién. Un día sus miradas se encontraron. Otro la mano de ella se demoró sobre la de él o fue al revés. Más tarde largas charlas, intercambio de apuntes, libros. Finalmente, un café, una cerveza, una tarde en el Hyde Park y una noche de sexo sin amor. Sexo de placer y después vemos. Le molestó que Peter dijera linda porque Greta no era linda. Era otra cosa o muchas cosas. Era atractiva, sensual, inteligente. Cuando defendía una idea, lo hacía en forma descarnada, lo que resultaba divertido o hiriente. Y con la indiferencia de los ignorantes podía convertir el simple hecho de comer un scon en el momento más erótico del día. Greta era todo menos linda.

Había soñado toda la noche con John. Se despertaba en medio del sueño entre nostálgica e inquieta tal vez con ganas de más. Atrapada en un laberinto de recuerdos que hasta ayer creía muertos pasó toda la noche con él. Sí John y ella en presente pero en pasado, porque era hoy pero jóvenes como ayer, como diez años atrás. Es maravilloso soñar, sí: maravilloso. Y se mordió los labios y estaba tan confundida que no supo si al hacerlo contenía una sonrisa o un puchero.

Churchill la miraba desde la cama atento, indulgente. La conocía lo suficiente para saber que algo no estaba bien. Se arqueó en una perfecta medialuna. Se estiró, más, y más y más, por último abrió los dedos de sus patas con mucha pereza. Todo sin quitar sus ojos azules de Greta. Azules como los de John y el pelo también. Azul, no. También como el de John color caramelo entre rubio y naranja. Cuando Greta lo eligió entre muchos y diferentes gatos no pensó en eso, más tarde encontró el parecido. O los parecidos, porque Churchill tiene muchas cosas de John. Algunas noches ronca, no le gustan las tormentas, se sobresalta con la alarma del despertador, muy de a poco se va apoderando de la cama cuando duermen. Le gusta el pescado y el queso chédar, odia la ensalada de cebolla. Se duerme cuando miran televisión y se pone cariñoso con Elton John. Los primeros días también le gustaba escaparse por las noches. Ser un gato libre, sí eso. Pero para problemas gatunos de infidelidad hay solución. “Castralo” le dijo el veterinario y Greta aceptó. Desde aquel día Churchill engorda junto al televisor o sobre su falda. Ahora disfruta de un solo amor y el felices para siempre dejó de ser una utopía para ellos. A un hombre libre no se le cortan las pelotas aunque una quiera, por eso lo dejó ir.

 

Días atrás Peter le había traído de vuelta a Greta. Primero se sintió raro, después como una amenaza. Entonces pensó que es increíble la cantidad de recuerdos que pueden desatarse cuando se activa la memoria. También que vuelven mezclados como si los trajera una cola de tornado. Pasando uno por sobre otro sin dejar lugar a que él pueda detenerse en alguno en particular. De pronto están ahí la horrible pollera de flores, el suéter naranja corto, muy corto, de mangas más largas que sus brazos.  Y no puede detenerse porque por sobre ellos se cuela la imagen de unas nalgas redondas, tersas, suaves como la piel de un durazno y para entonces ya tiene la boca llena de saliva. Y no la puede disfrutar porque en la espalda de Greta, el sudor se desliza dejando en ella finos, breves, surcos salados. Y cuando su lengua quiere alcanzarlos un gemido de placer se enreda en sus oídos, que le recuerdan sus tetas pequeñas, firmes, jugosas como naranjas y ya no la quiere de espaldas porque necesita llegar a su pezón. Los pezones de Greta dulces como la miel, dulces y esquivos para encenderlos más. Apenas cierra los ojos y está a punto de atrapar uno de ellos. Pero antes de lograrlo el olor a pan caliente de la tostada que acaba de dejar el mozo sobre la mesa de su vecino lo expulsan a la ensalada de cebolla. Entonces, la magia se rompe porque él odia la cebolla. Odia lo que le cuenta la cebolla. Le habla de peleas, de enojos irreconciliables, de castigo. Curiosa forma de castigarlo tenía Greta. John en algún momento había comenzado a sospechar que ese acto, nada ingenuo, de prepararle el plato que más detestaba encerraba un mensaje oculto, una intención oscura. Por lo repetido, lo obstinado y en especial por el silencio que lo acompañaba.

 

No tiene derecho se dijo por millonésima vez. John y sus flores de mierda irrumpían en su vida y eso no era bueno. Greta lo sabía. Como sabía que todo lo que tenía de apasionado lo tenía de voraz. Que era inteligente, seductor y destructivo. Que sus brazos la envolvían al igual que sus mentiras. Que los besos ardían y sus caprichos lastimaban. Que él dejaba heridas grabadas a fuego. Abandonarlo no había sido un acto de generosidad, había sido un acto de supervivencia. Fue así de sencillo.  Un día cualquiera hace diez años, ella se levantó y supo que ya no quería ese amor. Entonces le gritó

 

- Basta para mí, ya no seré tu Catherine.

 

- ¿Mi qué?

 

Respondió John y abrió los ojos como platos sin entender por qué lo dejaba y quien era Catherine. Y ella se fue sin golpear la puerta, sin más.

 Dejó atrás un amor impulsivo, intenso, visceral, apasionado hasta la locura, contradictorio y oscuro. Dejó atrás a su Heathcliff segura de que la vida le regalaría un Edgard Linton y no se equivocó.

 

Churchill siempre había sido feliz con Greta pero lo fue más cuando Peter comenzó a visitarlos. Porque Peter trae pescado y a él le gusta el pescado y porque lo deja sentarse en sus piernas y lo acaricia todo el tiempo y más. Los tres saben que la mano de Peter sueña con acariciar a Greta, también saben que puede esperar todo el tiempo y más. Lo que sea necesario está dispuesta a esperar la mano de Peter. Ella confía, está tranquila porque mientras acaricia a Churchill, Peter derriba obstáculos, expulsa miedos, borra heridas.

 

Era la mañana del 7 de julio del 2005 Londres disfrutaba del verano y John de un café amargo  como era su costumbre. Pero ese día a diferencia de otros tenía un tenue casi imperceptible sabor a nostalgia. Los recuerdos de Greta primero se habían filtrado en forma aislada, como quien no quiere la cosa. Esa mañana ya eran tumultuosos, incontrolables. Igual se sentía confiado, optimista. Estaba seguro que Peter tramaba algo, algo para quedarse con Greta. Pero él con su jugada magistral la traería nuevamente a su pecera. Después vería. Al fin de cuentas el sexo con ella siempre había sido bueno, más que bueno, extraordinario. Ya cargaba cuarenta y tantos, si se dejaba estar, en un abrir de ojos se encontraría viejo y solo. Miró a través de la ventana del bar, sus ojos azules siguieron a una morocha que cruzaba la calle. A él le gustan las latinas, si son colombianas o venezolanas mejor. Curvas redondas, altas, piernas firmes, el pelo negro, los ojos más negros aún, voluptuosas, exuberantes. Ama las latinas. El mozo tropezó con algo y derramó un vaso de limonada sobre su mesa. Le iba a decir algo cuando escuchó

 

- Qué desastre

 

- Sí, tiene que tener más cuidado

 

Se apresuró John mientras se corría hacia atrás para evitar que el jugo manchara sus pantalones. Pero el mozo no le hablaba a él, el mozo le  hablaba al plasma. Estaban pasando las noticias. 

La ducha fría le sirvió a Greta para aclarar sus ideas y tomar dos decisiones importantes. La primera  iba a llamar a un mensajero para así devolver las flores a John con un  “No molestes, no llames, sos historia”. La segunda tenía que ver con Peter. No le llevó mucho tiempo estar lista para ir a trabajar aunque se demoró un poco más de lo acostumbrado frente al espejo. Le gustaba estar linda aunque no pudiera verla. Tomó el celular y llamó.

 

- ¿Peter ?

 

- ¿Si?

 

- Soy Greta

 

- ya sé. ¿Qué le pasa a mi princesa?

 

A ella le gustaba mucho que le dijera princesa, hasta ese día se había hecho la tonta. Había pretendido ignorarlo, poner distancia. Pero aquella mañana se deslizó en un coqueteo sutil delicado propio de una princesa. Que fue transformándose en uno dulzón al filo de lo empalagoso. El reía, ella reía, el susurraba, ella susurraba. Greta no retorció el cable del teléfono como lo hacen las chicas de las novelas simplemente porque era un celular y no tenía cable. Ella terminó la conversación con un

 

- Te espero a cenar

 

Él agitó su brazo con el puño cerrado en señal de victoria y le dijo protector.

 

- Toma un taxi al trabajo, ya es muy tarde.

 

Eran las 8 y 30 horas cuando Greta salió de su casa, corrió hasta la estación de Liverpool Street debía tomar el metro que la llevaba a Aldgate iba feliz.

 

John estaba en el bar tratando de evitar que una limonada manchara sus pantalones cuando se enteró que cuatro explosiones habían paralizado el sistema de transporte público de Londres. A las 8 y 50  tres bombas con cincuentas segundos de diferencia entre una y otra habían explotado en tres vagones del metro de Londres. La última lo hizo aproximadamente una hora después en un autobús en la plaza Tavistock. John no se preocupó no sabía nada de la nueva Greta, sus costumbres, sus horarios.

 

Peter flotó en una nube de amor y éxito parte del día . Churchill durmió al sol frente a la ventana hasta la hora de la cena.

 

Y Greta, bueno Greta perdió el tren, tomó el taxi y nunca se dio cuenta de que, tal vez, el bouquet de pimpollos de rosas y la arrogancia de John habían salvado su vida.

 

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©PATRICIA BALDA

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 Editora Literaria: Isabel Santoro

ABRIL 2026



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2 comentarios:

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  2. Un relato muy atrapante casi desde el principio, las flores de John siembran intriga, y luego el relato va develando muy lentamente, como le cuadra a esta historia, momentos del pasado, rasgos de los personajes, muy buen uso del gato como apoyatura, muy buenos los climas, el tempo, la fluidez, se lee como una vaselina, y ahora la intriga se traslada al presente, yo lector ansío conocer el desenlace, que con buen manejo de tiempo y circunstancia, no lo sé sin antes pasar por una idea que se plantea sin trampas, pq es bien posible y verosímil, y recién entonces el relato me acarrea al final. Bien ahí, Patricia

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