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jueves, 14 de mayo de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "De cara al sol" - Un relato de la escritora: Raquel Kreichman - Rosario - Argentina -

 

 ATRAPADOS POR LA IMAGEN



Cuentos y relatos presenta a . . .


RAQUEL  KREICHMAN 


"Artista de Atrapados por la Imagen" 


en . . . 

"De cara al sol"

 

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen


RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

REGISTRO DE PROPIEDAD INTELECTUAL

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Atrapados por la Imagen es un espacio abierto, accesible y en constante movimiento, donde se impulsa la participación, el intercambio creativo y las historias que merecen ser contadas.

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"De cara al sol"

 

Raquel Kreichman


La mujer salió ese día como un fantasma a recomponer su figura  perdida. Llegó agitada hasta los corredores, dio vuelta varias veces en  distintas puertas giratorias, recorrió laberintos oscuros y kafkianos.  Alguna puerta se abrió, entró y alguna cara gris le dijo con una voz gris  que volviera otro día con una planilla completa y sellada en otra  dependencia.

Fue una noche muy precisa cuando sintió que su figura, en cuerpo  y alma, quedó totalmente astillada, como si ella fuera un espejo al que  una piedra le hubiera dado de lleno. Fue una noche en la que cree que  había una luna hermosa, cuando de golpe el cielo se cerró y un vehículo  frenó violentamente su marcha.

Ella lo vio todo desde la puerta del pasillo de su casa. Unos  uniformados bajaron de aquel auto, se encaminaron por el pasillo cuya  puerta estaba abierta, mientras pequeñas luces del mismo serpenteaban  sobre extrañas sombras.

Ella se llevó instintivamente sus manos sobre el vientre, que sintió  endurecido, y lo cubrió con ellas. Fue casi tal cual lo hizo en aquel  inolvidable día, en el que con sus manos, ante el dolor punzante, apretó  su estómago como para proteger el aleteo vital que se hacía sentir al  interior de sus entrañas.

Como aquel día cuando, estando sobre la camilla, aún recuerda  cómo le sobrevino una fuerza prodigiosa que culminó desde su  garganta en un grito ancestral, casi sagrado. Allí su verdad íntima le fue  revelada y participó del milagroso misterio germinal de la vida.

El dolor le descubrió una nueva dimensión del ignoto y oscuro  interior de su cuerpo cuando lo sintió recorrido por una vida nueva  que prolongaría la suya para siempre.

Una nueva vida que era como un rosadito caracol que rompió a  llorar sobre sus senos descubiertos.

—Es varón, como querías —le dijo la mujer a su marido.

Él la besó con miedo. Nadie supo nunca qué sintió en aquel  momento. Solo el niño lo entrevió a través de la calidez de sus manos  rudas al sostenerlo.

Ella sintió en ese instante que eran como tres piezas que  conformaban, en un pequeño rompecabezas, una sola figura.

La quietud de esa hora fue quebrada por una multitud de voces que  irrumpieron en la piecita. Eran las voces de todos los que, para bien o  no, entornaban sus vidas.

Como de costumbre, se disputaron desde quién conoció primero al  vástago hasta el último de los parecidos.

Todos estuvieron contentos con el nombre elegido: Julio.

La llegada de Julito desde el hospital fue recibida en su casa por su  padre con una pequeña fiesta. Rieron y bebieron bajo el parral hasta el  amanecer. El mate amargo interrumpió el festejo y alejó las últimas  sombras todavía alegres y entonadas.

Esa mujer conocía solo ese mundo, pequeño, íntimo, el de su  barrio, con las tardes sentada en la vereda viendo pasar la gente y  mirando jugar a los chicos junto a otras madres. Esa mujer no conocía  el gran mundo, sus causas y volteretas, sus reglas y sus consecuencias.

Pero después de esa noche en que aquella figura se astilló como un  espejo roto, salió por la mañana como un fantasma a recobrar su figura  perdida.

Quería entender, pero no podía, y aun así salió a enfrentarlo con  una obstinación ciega, dispuesta a afrontar todas las tormentas con  rayos y centellas que se le opusieran.

María fue una madre como muchas. Dejó su vida en el gastado  trajinar de los pañales y vajillas. Fue feliz de ver crecer a su hijo sano y  vivaz. Cuando a Lucho lo despidieron, allá por el doloroso 56, a causa  de haber trabajado en el sindicalismo, salió a ganarse la vida limpiando  casas.

Lucho se resistió a ello; al final, resignado, lo admitió. María,  entonces, se desdoblaba entre su trabajo y la casa. Lucho se transformó  en una agrisada presencia llena de tristezas y dolores.

—Salí con vida, vieja. Tuve suerte —reflexionaba—, pero tiene que  llegarles su momento a esos cerdos.

—Bueno, pero quédate tranquilo, con mi trabajo y tus rebusques  nos arreglamos y podremos darle una buena educación a Julito.

—Yo solo era delegado de sección, casi no iba a la Básica. ¿Te das  cuenta? —le comentaba Lucho y continuaba diciéndole que no se  podía sacar de la cabeza al Tito, su compañero, al que habían dejado  completamente agujereado con los dieciséis balazos—. Cómo quisiera  saber quién fue el alcaucil hijo de remil puta —se quejaba.

—No hablés más, Lucho, te hace mal, y si alguien te escucha…  Debemos callar, callar… Por nuestro bien, por Julito —María lo  calmaba.

—No dirás por el país… ¿o por la patria? ¿No?

— ¿Por la patria? ¡Qué sé yo! No entiendo de política y no quiero ni  saber —dijo María, sorprendida.

—Yo, en cambio, hubiera querido dejarle algo mejor al pibe. No  estamos como antes —murmuró Lucho como para sí.

Esa mujer, María, no sabía sobre el mundo, pero después de esa  maldita noche salió a recorrerlo, a reconocer sus cloacas, sus rincones,  los disfraces de seres que ocultaban profundos egoísmos, falsedades,  hipocresías, crueldades. Para recomponer su figura, necesitaba  comprender las raíces de las que todo ello emergía.

En su cabeza resonaban voces, conversaciones. Buscaba hilos  conductores.

La voz juvenil de Julio le llegaba cada vez más seguido y de distintas  formas; escuchaba que le decía:

—Mamá, yo sé que solo viviste para mí. Pero te pido que no te  aflijas más por mí. No podés preocuparte todo el tiempo por si llego  tarde o no vengo. Estamos en democracia, vieja. ¿Quién te dijo que  estoy en política, mamá? ¡Qué terror le tienen a esa palabra! ¡Qué país  atrasado! Meten el miedo hasta por el culo. Ah, pero este no es un país  de cagones, ¿no es cierto, viejo? Este no es un pueblo de cagones.

María indagaba, Julio le respondía:

—La piba con la que salgo, ¿qué va a decir, vieja? Ella no es como  vos, quiero decir… no lo tomes a mal, los dos compartimos todo,  piensa como yo.

“Claro”, se decía María, “Cecilia sabe, piensa… ¿yo qué puedo  saber?, apenas si hice una primaria cualunque”.

Cecilia… Le había llegado a Julio desde una informal mesa de café. Sus cabellos largos y lacios eran como un desafío. Desde sus ojos  almendrados, dos ventanas a la vida había descubierto.

¡La vida!

Era capaz de inhalarla completa en cada respiración.

La vida era tantas cosas… era una verborragia de palabras  acaloradas, el baño de sol sobre la playa, la ronda de amigos, las  guitarreadas prolongadas, las ilusiones entretejidas con fervor y…  Cecilia.

Pero, finalmente, María terminaba riendo junto a Julio porque él le  contagiaba su risa. Julio reía, reía cuando la veía preocupada y ella, al  fin, reía con él, lo veía tan feliz…

Había ingresado a la universidad y era un hermoso muchacho. Entonces, María, llena de orgullo, también se sentía feliz. Algo le había  cobrado a la vida y, junto a su hijo, reía agradecida.

Sin embargo, igual María vivía con miedo. Se decía a sí misma que  ello no tenía sentido, porque, al fin, el pibe solo iba a dar ayuda escolar  en la parroquia Cristo Obrero del padre Mujica y eso no tenía nada de  malo.

Pero el miedo le ganó la partida cuando, con un dolor profundo, se  enteró del final horroroso que tuvo el padre Mujica.

Se decían tantas cosas… Lucho, María, Julio, lloraron juntos  amargamente. Después de ello, María ya guardó silencio y nunca más  le diría algo a su hijo.

Ahora ya corría el 76, con Perón muerto e Isabelita presa por el  golpe de Estado, es decir, por otro golpe al peronismo, a la democracia. A Julio se lo habían llevado hacía apenas unas noches.

Prácticamente, ahora María caminaba y caminaba, casi sin pensar;  solo su cerebro reproducía, quién sabe desde qué sitio, frases dichas  por Julio en un pasado como de otra vida.

Palabras, frases que las tendría grabadas en algún sitio de la memoria  y, mejor aún, que estaban guardadas en su corazón de modo que,  mientras caminaba atormentada, lo único que hacía era bucear en su  interior profundo hasta dar con la voz de Julio, y esta cada vez le  llegaba más segura, fuerte y amorosa:

—Mamá, solo quiero que sepas que tu cariño me sirvió para querer  un mundo distinto, mejor.

Mejor… mejor… mejor…

Cómo vibraba esa palabra en su interior… Pero ahora María ya no  ignora, sabe, comprende, camina y recorre con otras tantas Marías  como ella laberintos herméticos en busca de sus hijos, hijas, nietos, aunque en ello se les vaya la vida, aunque al final lo que encuentren sea  la cara de la muerte.

María tiene que recomponer su figura. La maternidad, compartida  con cientos de fotos, constituyó una figura mayor por restituir.

— ¿Dónde vas, María? Justo ahora me dejás tan solo —le decía  Lucho desde un sillón, a espaldas del parral.

María le contestaba con cariño que descansara, que ella volvía  enseguida.

“¡Descansar! Ya nunca más, nunca más”, se decía Lucho. “María,  mi María, mi Julio, mi hijo, mi pequeño pataduras”, pensaba Lucho.

“Yo estaba agobiado por el trabajo, las cuotas, el alquiler, amargado  por tantas zancadillas de la vida.

La juventud se me voló en un rato y, sin trabajo, solo quedé para  changas con unos pocos amigos, tu madre y vos.

Vos fuiste mi renacer, con vos volví a descubrir las cosas ya  enterradas y olvidadas, fue un volver a vivir.

Escuché cantar al grillo, vi caminar a una tortuga, planté una semilla,  le saqué abrojos al perro, tuve miedo a la fiebre cuando te abrazaba y  temor por tu vida.

Nunca fui tan feliz como cuando te arropaba por las noches, hasta  que un día…

Un día sentí que te escurrías de mí, aquel en el que me confesaste  tus aventuras amorosas, y más aún cuando el amor te llegó de la mano  de Cecilia.

Julio, ahora soy yo el que no sabe qué hacer… te necesito, te  necesito tanto…”

María golpeó la puerta, con fuerza, con una fuerza gigantesca. La  cara amarilla del escribiente le preguntó en un tono amarillo:

— ¿Qué busca, señora?

María, como si hablara por primera vez en su vida, le dijo  pausadamente, pero sin timidez:

—Quiero saber dónde debo dirigirme para declarar la desaparición  de mi hijo.

Cortando un bostezo, el escribiente le señaló un corredor y le dio el  nombre del juez, la nominación…

María, hasta hacía poco, no conocía de instituciones, de jerarquías,  ni de sus deberes ni de sus derechos. Nunca juró sobre los santos  evangelios, pocas veces iba a la iglesia y a confesarse. Pero eso sí, un  día, el día en que parió a Julito, sí sintió que supo para siempre sobre  una partecita de la revelación del misterio de la verdad de la vida y de  lo sagrado de la vida.

Ella, como madre, se dio cuenta del sagrado significado de ser una  portadora de vida y, por ello, ahora, aunque se le fuera la suya, no  pararía hasta dar con la vida de Julio, hasta arrancar la verdad de las  máscaras macabras que estaban cercenando tantos tallos frágiles y  dúctiles que solo pretendían renovarse en flores.

Fue así que María, junto a las Madres de la Plaza, las locas, rondó  semanas tras semanas y, junto con ellas, gritó y reclamó al país entero  y al mundo justicia, memoria y aparición con vida.

Un cielo de cenizas había caído sobre un país de cenizas.

Los paisajes conocidos se borraron, también se borraron los  colores, los olores, la sonrisa franca, la solidaridad. Se instaló la señora  cortesía y la hipocresía, el orden y la limpieza. Se afeitaron todas las  barbillas, mientras distintas suelas desclavadas o fémures quebrados  entre carnes trozadas se asomaban entre escombros. La pala trabajosa  no logró enterrar a la perfección lo que el deber primero hizo  obediente lo debido. El poder, juramentado ante blasones, banderas y  escudos, era ante el gran león un manso felino.

María, estremecida, sentía crecer las sombras al amparo de oídos  sordos, miradas ciegas, palabras mudas, porque, deificado el terror y el  horror, el demiurgo tranquilo se pavoneaba, pisando, violando,  matando.

Más María caminaba cada vez más segura. Ya sabía qué lugar  ocupaba en la patria, en su país, Argentina y en su pueblo. Era como  el lugar de todos y cada uno, era el lugar que había habitado desde  siempre, el de esa pequeña y linda casita donde trajinó entre pañales y  vajillas y amasijó ilusiones para Julito junto a su Lucho.

Ahora lo sabía, aunque su figura seguía incompleta y astillada al  interior de un país astillado.

Como siempre, la antigua plaza cobijó a los hijos e hijas de su  pueblo.

Allí se ven cientos de mujeres, las Madres de la Plaza, las locas, las  que, con los pañuelos blancos cubriendo sus cabezas, claman junto a  María por la vida, por memoria, verdad y justicia. La voz de Julio y de  los 30.000 llenan todas las plazas del país y del mundo.

María, de cara al sol, camina por siempre con su pañuelo blanco en  la cabeza, aunque en ello se le vaya la vida.

Camina de cara al sol, de cara al sol.

 

 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 

©RAQUEL KREICHMAN

Rosario - Argentina

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

Diseño y Edición: Laura Jakulis

Correctora Literaria: Isabel Santoro

Colaboradores: Marta Puey y Emilio Bertero

Ilustración: Libre de la Web


Agradecemos a todos nuestros amigos, lectores y seguidores, por sus visitas y valoraciones.


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Directora: Laura Jakulis


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2 comentarios:

  1. Raquel...qué emoción tan intensa al leer este relato, con cuanta sabiduría trazaste esta historia acertando desde la primera a la última palabra con el tono justo, preciso, necesario para contar, cuanto amor, angustia y dolor he sentido al leerte, un relato indudablemente lleno de tripa y de sangre más que de razón...y en lo técnico, que al final medio me va sobrando mencionarlo, una construcción sólida y fluida que se lee como si una voz estuviera leyendo respetando pausas, inflexiones, vibraciones...qué claras Raquel las imagenes y los personajes, sus luces y sus sombras, y un gran recurso los cambios de voz durante el relato, entegandosela a quien mejor puede contarlo...un trabajo magnífico, un homenaje de imprescindible memoria

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  2. Raquel, querida amiga, me emocionó ver cómo pudiste unir el amor y el horror en estos personajes tan valientes, como sufrientes. Siempre nos toca volver como argentinos responsables al horror de la dictadura, con sus fatales consecuencias. Pero volver con una historia , con matices de amor y horror tal como lo lograste, es de personas sabias como vos. Como siempre, valoro tu escritura y valoro tu enorme sensibilidad!

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