ATRAPADOS POR LA IMAGEN
RAQUEL KREICHMAN
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en . . .
"De cara al sol"
"De cara al sol"
Raquel Kreichman
La mujer salió ese día como un
fantasma a recomponer su figura perdida.
Llegó agitada hasta los corredores, dio vuelta varias veces en distintas puertas giratorias, recorrió
laberintos oscuros y kafkianos. Alguna
puerta se abrió, entró y alguna cara gris le dijo con una voz gris que volviera otro día con una planilla
completa y sellada en otra dependencia.
Fue una noche muy precisa cuando
sintió que su figura, en cuerpo y alma,
quedó totalmente astillada, como si ella fuera un espejo al que una piedra le hubiera dado de lleno. Fue una
noche en la que cree que había una luna
hermosa, cuando de golpe el cielo se cerró y un vehículo frenó violentamente su marcha.
Ella lo vio todo desde la puerta
del pasillo de su casa. Unos uniformados
bajaron de aquel auto, se encaminaron por el pasillo cuya puerta estaba abierta, mientras pequeñas
luces del mismo serpenteaban sobre
extrañas sombras.
Ella se llevó instintivamente sus
manos sobre el vientre, que sintió
endurecido, y lo cubrió con ellas. Fue casi tal cual lo hizo en
aquel inolvidable día, en el que con sus
manos, ante el dolor punzante, apretó su
estómago como para proteger el aleteo vital que se hacía sentir al interior de sus entrañas.
Como aquel día cuando, estando
sobre la camilla, aún recuerda cómo le
sobrevino una fuerza prodigiosa que culminó desde su garganta en un grito ancestral, casi sagrado.
Allí su verdad íntima le fue revelada y
participó del milagroso misterio germinal de la vida.
El dolor le descubrió una nueva
dimensión del ignoto y oscuro interior
de su cuerpo cuando lo sintió recorrido por una vida nueva que prolongaría la suya para siempre.
Una nueva vida que era como un
rosadito caracol que rompió a llorar
sobre sus senos descubiertos.
—Es varón, como querías —le dijo la mujer a su marido.
Él la besó con miedo. Nadie supo
nunca qué sintió en aquel momento. Solo
el niño lo entrevió a través de la calidez de sus manos rudas al sostenerlo.
Ella sintió en ese instante que
eran como tres piezas que conformaban,
en un pequeño rompecabezas, una sola figura.
La quietud de esa hora fue quebrada
por una multitud de voces que
irrumpieron en la piecita. Eran las voces de todos los que, para bien
o no, entornaban sus vidas.
Como de costumbre, se disputaron
desde quién conoció primero al vástago
hasta el último de los parecidos.
Todos estuvieron contentos con el
nombre elegido: Julio.
La llegada de Julito desde el
hospital fue recibida en su casa por su
padre con una pequeña fiesta. Rieron y bebieron bajo el parral hasta
el amanecer. El mate amargo interrumpió
el festejo y alejó las últimas sombras
todavía alegres y entonadas.
Esa mujer conocía solo ese mundo,
pequeño, íntimo, el de su barrio, con
las tardes sentada en la vereda viendo pasar la gente y mirando jugar a los chicos junto a otras
madres. Esa mujer no conocía el gran
mundo, sus causas y volteretas, sus reglas y sus consecuencias.
Pero después de esa noche en que
aquella figura se astilló como un espejo
roto, salió por la mañana como un fantasma a recobrar su figura perdida.
Quería entender, pero no podía, y
aun así salió a enfrentarlo con una
obstinación ciega, dispuesta a afrontar todas las tormentas con rayos y centellas que se le opusieran.
María fue una madre como muchas.
Dejó su vida en el gastado trajinar de
los pañales y vajillas. Fue feliz de ver crecer a su hijo sano y vivaz. Cuando a Lucho lo despidieron, allá
por el doloroso 56, a causa de haber
trabajado en el sindicalismo, salió a ganarse la vida limpiando casas.
Lucho se resistió a ello; al final,
resignado, lo admitió. María, entonces,
se desdoblaba entre su trabajo y la casa. Lucho se transformó en una agrisada presencia llena de tristezas
y dolores.
—Salí con vida, vieja. Tuve suerte —reflexionaba—, pero tiene que llegarles su momento a esos cerdos.
—Bueno, pero quédate tranquilo, con mi trabajo y tus rebusques nos arreglamos y podremos darle una buena educación a Julito.
—Yo solo era delegado de sección, casi no iba a la Básica. ¿Te das cuenta? —le comentaba Lucho y continuaba diciéndole que no se podía sacar de la cabeza al Tito, su compañero, al que habían dejado completamente agujereado con los dieciséis balazos—. Cómo quisiera saber quién fue el alcaucil hijo de remil puta —se quejaba.
—No hablés más, Lucho, te hace mal, y si alguien te escucha… Debemos callar, callar… Por nuestro bien, por Julito —María lo calmaba.
—No dirás por el país… ¿o por la patria? ¿No?
— ¿Por la patria? ¡Qué sé yo! No entiendo de política y no quiero ni saber —dijo María, sorprendida.
—Yo, en cambio, hubiera querido dejarle algo mejor al pibe. No estamos como antes —murmuró Lucho como para sí.
Esa mujer, María, no sabía sobre el
mundo, pero después de esa maldita noche
salió a recorrerlo, a reconocer sus cloacas, sus rincones, los disfraces de seres que ocultaban profundos
egoísmos, falsedades, hipocresías, crueldades.
Para recomponer su figura, necesitaba
comprender las raíces de las que todo ello emergía.
En su cabeza resonaban voces,
conversaciones. Buscaba hilos
conductores.
La voz juvenil de Julio le llegaba
cada vez más seguido y de distintas
formas; escuchaba que le decía:
—Mamá, yo sé que solo viviste para mí. Pero te pido que no te aflijas más por mí. No podés preocuparte todo el tiempo por si llego tarde o no vengo. Estamos en democracia, vieja. ¿Quién te dijo que estoy en política, mamá? ¡Qué terror le tienen a esa palabra! ¡Qué país atrasado! Meten el miedo hasta por el culo. Ah, pero este no es un país de cagones, ¿no es cierto, viejo? Este no es un pueblo de cagones.
María indagaba, Julio le respondía:
—La piba con la que salgo, ¿qué va a decir, vieja? Ella no es como vos, quiero decir… no lo tomes a mal, los dos compartimos todo, piensa como yo.
“Claro”, se decía María, “Cecilia
sabe, piensa… ¿yo qué puedo saber?,
apenas si hice una primaria cualunque”.
Cecilia… Le había llegado a Julio
desde una informal mesa de café. Sus cabellos largos y lacios eran como un
desafío. Desde sus ojos almendrados, dos
ventanas a la vida había descubierto.
¡La vida!
Era capaz de inhalarla completa en
cada respiración.
La vida era tantas cosas… era una
verborragia de palabras acaloradas, el
baño de sol sobre la playa, la ronda de amigos, las guitarreadas prolongadas, las ilusiones
entretejidas con fervor y… Cecilia.
Pero, finalmente, María terminaba
riendo junto a Julio porque él le
contagiaba su risa. Julio reía, reía cuando la veía preocupada y ella,
al fin, reía con él, lo veía tan feliz…
Había ingresado a la universidad y
era un hermoso muchacho. Entonces, María, llena de orgullo, también se sentía
feliz. Algo le había cobrado a la vida
y, junto a su hijo, reía agradecida.
Sin embargo, igual María vivía con
miedo. Se decía a sí misma que ello no
tenía sentido, porque, al fin, el pibe solo iba a dar ayuda escolar en la parroquia Cristo Obrero del padre
Mujica y eso no tenía nada de malo.
Pero el miedo le ganó la partida
cuando, con un dolor profundo, se enteró
del final horroroso que tuvo el padre Mujica.
Se decían tantas cosas… Lucho,
María, Julio, lloraron juntos
amargamente. Después de ello, María ya guardó silencio y nunca más le diría algo a su hijo.
Ahora ya corría el 76, con Perón
muerto e Isabelita presa por el golpe de
Estado, es decir, por otro golpe al peronismo, a la democracia. A Julio se lo
habían llevado hacía apenas unas noches.
Prácticamente, ahora María caminaba
y caminaba, casi sin pensar; solo su
cerebro reproducía, quién sabe desde qué sitio, frases dichas por Julio en un pasado como de otra vida.
Palabras, frases que las tendría
grabadas en algún sitio de la memoria y,
mejor aún, que estaban guardadas en su corazón de modo que, mientras caminaba atormentada, lo único que
hacía era bucear en su interior profundo
hasta dar con la voz de Julio, y esta cada vez le llegaba más segura, fuerte y amorosa:
—Mamá, solo quiero que sepas que tu cariño me sirvió para querer un mundo distinto, mejor.
Mejor… mejor… mejor…
Cómo vibraba esa palabra en su
interior… Pero ahora María ya no ignora,
sabe, comprende, camina y recorre con otras tantas Marías como ella laberintos herméticos en busca de
sus hijos, hijas, nietos, aunque en ello se les vaya la vida, aunque al final
lo que encuentren sea la cara de la
muerte.
María tiene que recomponer su
figura. La maternidad, compartida con
cientos de fotos, constituyó una figura mayor por restituir.
— ¿Dónde vas, María? Justo ahora me dejás tan solo —le decía Lucho desde un sillón, a espaldas del parral.
María le contestaba con cariño que
descansara, que ella volvía enseguida.
“¡Descansar! Ya nunca más, nunca
más”, se decía Lucho. “María, mi María,
mi Julio, mi hijo, mi pequeño pataduras”, pensaba Lucho.
“Yo estaba agobiado por el trabajo,
las cuotas, el alquiler, amargado por
tantas zancadillas de la vida.
La juventud se me voló en un rato
y, sin trabajo, solo quedé para changas
con unos pocos amigos, tu madre y vos.
Vos fuiste mi renacer, con vos
volví a descubrir las cosas ya enterradas
y olvidadas, fue un volver a vivir.
Escuché cantar al grillo, vi
caminar a una tortuga, planté una semilla,
le saqué abrojos al perro, tuve miedo a la fiebre cuando te abrazaba
y temor por tu vida.
Nunca fui tan feliz como cuando te
arropaba por las noches, hasta que un
día…
Un día sentí que te escurrías de
mí, aquel en el que me confesaste tus
aventuras amorosas, y más aún cuando el amor te llegó de la mano de Cecilia.
Julio, ahora soy yo el que no sabe
qué hacer… te necesito, te necesito
tanto…”
María golpeó la puerta, con fuerza,
con una fuerza gigantesca. La cara
amarilla del escribiente le preguntó en un tono amarillo:
— ¿Qué busca, señora?
María, como si hablara por primera
vez en su vida, le dijo pausadamente,
pero sin timidez:
—Quiero saber dónde debo dirigirme para declarar la desaparición de mi hijo.
Cortando un bostezo, el escribiente
le señaló un corredor y le dio el nombre
del juez, la nominación…
María, hasta hacía poco, no conocía
de instituciones, de jerarquías, ni de
sus deberes ni de sus derechos. Nunca juró sobre los santos evangelios, pocas veces iba a la iglesia y a
confesarse. Pero eso sí, un día, el día
en que parió a Julito, sí sintió que supo para siempre sobre una partecita de la revelación del misterio
de la verdad de la vida y de lo sagrado
de la vida.
Ella, como madre, se dio cuenta del
sagrado significado de ser una portadora
de vida y, por ello, ahora, aunque se le fuera la suya, no pararía hasta dar con la vida de Julio, hasta
arrancar la verdad de las máscaras
macabras que estaban cercenando tantos tallos frágiles y dúctiles que solo pretendían renovarse en
flores.
Fue así que María, junto a las
Madres de la Plaza, las locas, rondó
semanas tras semanas y, junto con ellas, gritó y reclamó al país
entero y al mundo justicia, memoria y
aparición con vida.
Un cielo de cenizas había caído
sobre un país de cenizas.
Los paisajes conocidos se borraron, también se borraron los colores, los olores, la sonrisa franca, la solidaridad. Se instaló la señora cortesía y la hipocresía, el orden y la limpieza. Se afeitaron todas las barbillas, mientras distintas suelas desclavadas o fémures quebrados entre carnes trozadas se asomaban entre escombros. La pala trabajosa no logró enterrar a la perfección lo que el deber primero hizo obediente lo debido. El poder, juramentado ante blasones, banderas y escudos, era ante el gran león un manso felino.
María, estremecida, sentía crecer
las sombras al amparo de oídos sordos,
miradas ciegas, palabras mudas, porque, deificado el terror y el horror, el demiurgo tranquilo se pavoneaba,
pisando, violando, matando.
Más María caminaba cada vez más
segura. Ya sabía qué lugar ocupaba en la
patria, en su país, Argentina y en su pueblo. Era como el lugar de todos y cada uno, era el lugar
que había habitado desde siempre, el de
esa pequeña y linda casita donde trajinó entre pañales y vajillas y amasijó ilusiones para Julito
junto a su Lucho.
Ahora lo sabía, aunque su figura
seguía incompleta y astillada al
interior de un país astillado.
Como siempre, la antigua plaza
cobijó a los hijos e hijas de su pueblo.
Allí se ven cientos de mujeres, las
Madres de la Plaza, las locas, las que,
con los pañuelos blancos cubriendo sus cabezas, claman junto a María por la vida, por memoria, verdad y
justicia. La voz de Julio y de los
30.000 llenan todas las plazas del país y del mundo.
María, de cara al sol, camina por
siempre con su pañuelo blanco en la
cabeza, aunque en ello se le vaya la vida.
Camina de cara al sol, de cara al
sol.
©RAQUEL KREICHMAN
Rosario - Argentina
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
Diseño y Edición: Laura Jakulis
Correctora Literaria: Isabel Santoro
Colaboradores: Marta Puey y Emilio Bertero
Ilustración: Libre de la Web

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.






Raquel...qué emoción tan intensa al leer este relato, con cuanta sabiduría trazaste esta historia acertando desde la primera a la última palabra con el tono justo, preciso, necesario para contar, cuanto amor, angustia y dolor he sentido al leerte, un relato indudablemente lleno de tripa y de sangre más que de razón...y en lo técnico, que al final medio me va sobrando mencionarlo, una construcción sólida y fluida que se lee como si una voz estuviera leyendo respetando pausas, inflexiones, vibraciones...qué claras Raquel las imagenes y los personajes, sus luces y sus sombras, y un gran recurso los cambios de voz durante el relato, entegandosela a quien mejor puede contarlo...un trabajo magnífico, un homenaje de imprescindible memoria
ResponderBorrarRaquel, querida amiga, me emocionó ver cómo pudiste unir el amor y el horror en estos personajes tan valientes, como sufrientes. Siempre nos toca volver como argentinos responsables al horror de la dictadura, con sus fatales consecuencias. Pero volver con una historia , con matices de amor y horror tal como lo lograste, es de personas sabias como vos. Como siempre, valoro tu escritura y valoro tu enorme sensibilidad!
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