ATRAPADOS POR LA IMAGEN
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en..
¡QUÉ FRÍO!
Cuento Perteneciente a su libro: ¿Quién mató a la vaca?
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
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Un cuento para Atrapados por la Imagen
¡QUÉ FRÍO!
MARCELO COLUSSI
Pedro era atroz. Capataz en esa
cámara frigorífica donde se almacenaban productos perecederos, parecía más el
dueño de la empresa que un empleado, por la forma en que cuidaba el negocio.
Pero más aún, por cómo trataba a los trabajadores.
Su pasado militar (había sido
sargento en el ejército) lo seguía marcando. Se dirigía a los empleados como si
fuese la tropa a su cargo. No solo daba órdenes terminantes: abusaba
groseramente de su poder, de su situación de jefe - amo.
El odio que se había generado entre
los obreros para con el capataz era descomunal. En secreto, lo habían bautizado
“el monstruo”. Efectivamente, se comportaba como si lo fuera: insultos,
ofensas, hasta incluso en algún momento llegó al maltrato físico con alguno.
En la compañía no había sindicato;
eso estaba terminantemente prohibido. En los contratos de trabajo, en aquellos
pocos que estaban emplanillados, figuraba en forma explícita la negativa a
cualquier agrupación gremial. Eso era sacrílego; ni por asomo se podía mencionar.
Por tanto, nadie defendía a los trabajadores.
La cámara donde trabajaban almacenaba
productos perecederos por largos períodos, por lo que la temperatura rondaba
los 20 grados bajo cero. Había allí carnes rojas, pescados, mariscos, además de
medicinas y pruebas biológicas. Era la más grande de la ciudad, y contaba con
todos los adelantos técnicos de última generación. Dado el frío reinante, los
trabajadores no podían exceder las 6 horas diarias de trabajo, con no más de 45
minutos de permanencia continua en la cámara, y descansos intercalados de 15
minutos. Para ingresar, por supuesto, debían hacerlo con el equipo adecuado,
consistente en ropa térmica especial.
Pedro, en un alarde de machismo, a
veces ingresaba para revisar algo solo por un instante, apenas con un sweater y
un gorro de lana. Se jactaba de ello, y trataba de “mariquitas” a los
trabajadores, cuando llevaban toda su indumentaria para frío extremo.
La puerta de la cámara se podía abrir
solo desde fuera. Era batiente, de 18 cm de espesor, super sellada, fabricada
con materiales ultra resistentes, incluso a prueba de balas. No era fácil su
apertura y, desde dentro, no se podía manipular. Si alguien quedaba dentro por
error, debía sacárselo inmediatamente, por la posible hipotermia.
Nunca se supo cómo sucedió. Fue un
sábado, cerca del mediodía. Pedro entró con un sweater liviano, y los operarios
que estaban dentro, corrieron al unísono hacia fuera. El capataz se quedó solo
en el recinto. Ya era casi la hora de finalización de la jornada, por lo que,
terminado el turno, todo el personal se fue con total tranquilidad. Pero Pedro
quedó dentro de la cámara.
Sus gritos desesperados no fueron
oídos por nadie. Cuando el lunes por la mañana se le descubrió, ya no había
nada que hacer. La fingida sorpresa de los siempre humillados trabajadores
encubría una tremenda sonrisa de satisfacción.
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Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
Corrección literaria: Isa Santoro
Maquetación y Edición: Laura Jakulis

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.






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