Editorial Atrapados por la Imagen
Presenta:
"El cantante"
Del escritor:
Sebastián Rogelio Ocampo
"Artista de Atrapados por la Imagen"
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
"El cantante"
Detesto
los lugares con música fuerte y llenos de gente. Se suponen que deberían
gustarme. Tengo 17 años. A mí no me gustan. Cuando entramos a ese tenedor libre
en Florianópolis estaba la música al palo y la gente comía desesperada como si fuera
la última vez. En un rincón menos iluminado, con una luz más tenue, casi en
penumbras, cantaba un tipo. Tenía el pelo canoso, un poco largo, y me recordó a
algún jugador de fútbol de los años 70 que había visto en alguna revista. Había
luces de colores giratorias que lo iluminaban y cada tanto se lo podía ver
mejor, una remera con unas palmeras, un jean gastado, zapatillas de lona, y
cada tanto se sumía en la opacidad; aparecía iluminado a cada rato como si
fuera un fantasma.
Habíamos
viajado a Brasil con la familia de mi mamá. Es una familia numerosa. Varios
tíos y tías, muchos primos, una prima en especial, casi todos más chicos que
yo. Me senté lo más lejos del disturbio, si es que había un lugar así. En
realidad estaba en la punta de una mesa pero en medio de esa muchedumbre
nauseabunda. Miré al tipo que cantaba. Cantaba y bailaba y hacía gestos para
levantar al público. Sentí que él pensaba lo mismo que yo de toda aquella gente
y que debía sentir asco por tener que animarlos a cantar y bailar. Era argentino.
Lo dijo cuándo preguntó -como suelen hacer esos personajes- de qué
nacionalidades éramos. Había uruguayos, algunos paraguayos, y cuando toda mi
familia saltó gritando que éramos argentinos el tipo aprovechó y dijo que él
también.
En
un momento dejó de cantar, fue y se sentó en una mesa en un rincón. Fue con un
plato y se sirvió un montón de pescado frito, rabas, y papas fritas. Yo comía
papas fritas solas. No me interesaba probar más nada. Las papas fritas eran
comida chatarra decía mi madre. A mí no me importaba. El tipo fue a servirse
tres o cuatro veces. Pensé que él también comía como si fuera la última vez y
posiblemente sería la última vez hasta mañana a la noche. Se metía grandes
bocados en la boca que le sobresalían y los apuraba con el dorso de la mano o
los dedos directamente. Pensé en su soledad. Pensé en la vida solitaria de un
cantante popular en medio del verano feliz argento-brasilero. ¿Qué haría
durante el día? Durante el día yo me quedaba con el celular en la cabaña
mientras todos iban a la playa. Mis viejos se quejaban por lo bajo pero ya no
me decían nada, a mi edad ya estaba perdido. Sé que ellos pensaban eso. No
tenía razón alguna intentar llevarme a la playa porque yo detestaba todo eso de
las ojotas, y los lentes de sol, sombrillas, reposeras, mate, toallas, negros
vendiendo choclos y parlantes; toda esa mierda me daba asco. Solo quería
quedarme con el celular viendo cosas en Instagram. Cosas que eran más
interesantes. No quiero hacerme el literato porque no lo soy, pero quedarme
leyendo poemas de Bukowski era mucho más gratificante que ir a la muchedumbre
hambrienta de felicidad en la playa. A decir verdad yo iba a la playa. Cuando
caía la noche y ya no quedaba casi gente y se podía ver el cielo estrellado y
el mar alto hasta mis pies y entonces caminaba por la playa tratando de
adivinar constelaciones, pensando en cosas que valían la pena, frases de
Kerouac, Burroughs, Celine, no en pelotudeces veraniegas. ¿Qué haría aquel
cantante durante el día? ¿Ensayaría formas de cantar o formas de suicidio? ¿Tendría
algún amigo con quien ir a tomar mate o caipirinha? ¿Se la pasaría tirado en la
cama? Apuesto a que se la pasaba tirado en la cama pensando en alguna familia
que dejó atrás después de gritos y muchas guerras nucleares y pensando en hijos
a quienes no veía y tal vez en algún nieto del cual tampoco tenía noticias.
¿Cómo había llegado a Brasil? Además cantaba bastante mal. No sé mucho de
música pero lo escuchaba desafinar sobre todo cuando intentaba alguna nota
prolongada.
Ahora
miraba a la gente meterse los fideos en la boca embadurnada de salsa, gente
pinchar en un mismo tenedor varias torrejas y llenarse la boca a reventar, la
cerveza ir y venir para agujerear mil estómagos. Decidí concentrarme en algo
mejor. Antes mencioné a una prima en especial. Estoy enamorado de mi prima.
Ella es apenas unos años más chica que yo. Es un poco más que una nena pero ya
está desarrollada y es madura. Ella es una morocha, morena, a diferencia del
resto de la familia que somos todos blancos y rubiones. Ella es adoptada. En
cierto modo que sea adoptada, no sea mi sangre, hace que mi amor hacia ella se
vuelva menos inmoral. Me gusta tanto que no tengo fantasías sexuales con ella.
Pienso que cualquier cosa de esas podría corromper su magnífica belleza. Esos
labios carnosos, esos ojos almendrados de mujer latina, ese cabello enrulado
que se deja hasta por debajo de los hombros, esa nariz ancha y chata pero
redondita que es perfecta. Me encanta. El hombre que canta también debe estar
enamorado de una adolescente. En las tardes de soledad, mientras en su
habitación de pensión, un taburete con una jarra de mate cocido encima, canta
un poco para practicar otro poco porque su vida misma es cantar, una chica, una
adolescente lo visita, y al cantante se le vidrian los ojos e irradian una luz
diferente. Él tampoco se atrevería a tocarla. A corromperla. Él la escucha
porque siempre llega con historias de pescadores, su padre es pescador, y las
historias son realmente buenas y lo entretienen. Él la mira y la desea y la
devora con los ojos. Ella no se da cuenta, o sí, tal vez, pero nada de eso
importa, ella cuenta historias y él escucha y por un momento tanta soledad se
vuelve cálida y tal vez adquiera sentido. Después ella se va y él se tira en la
cama con un montón de imágenes en la cabeza, imágenes de las historias e
imágenes de la chica, que se le mezclan y se transforman en un triste aquelarre
que termina con él leyendo poesía para después dormirse.
El
tipo canta, y ahora sí, después de haber comido como chanchos salen todos a
bailar, y se mezclan, los paraguas, los uruguayos, los argentos;
bailan canciones latinas, entre ellas se
mezclan cuartetos de Rodrigo y la Mona Gimenez y alguna que otra cumbia de Los
Palmeras, porque claro, el cantante es argentino y aquello no puede faltar. Yo
veo a toda esa gente contonearse, manosearse, babearse, con los estómagos
llenos a reventar, posiblemente tirándose pedos al pasar, besuqueos, apretadas,
bailecitos sexies. Yo me quedo solo en la mesa. Nadie me ha dicho nada. Solo
alguno de mis primos más chicos que no me entiende todavía. Pero yo me quedo
solo en la mesa. En un momento, en un momento en que una de las luces ilumina
la cara del cantante, y puedo verlo, se hace un silencio, un silencio profundo
y aturdidor; el cantante me mira, me mira y veo sus labios enarcarse, veo de a
poco como la boca se le transforma en una sonrisa, sonríe de verdad, Dios mío,
y si después de todo, mi soledad, mi falta de mundo, la vileza de la humanidad,
la porquería de todo esto, si después de todo, sí, no, sí, sí, tal vez el
cantante es feliz ¿Y si es feliz?
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Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
Diseño y Maquetación: Laura Jakulis
Editora Literaria: Isabel Santoro
Septiembre 2026
“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra”

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