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jueves, 24 de septiembre de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "El cantante" - Un relato Inédito, del escritor: Sebastián Rogelio Ocampo - Rosario - Argentina -

 

Editorial Atrapados por la Imagen


Presenta: 


"El cantante"


Del escritor: 

Sebastián Rogelio Ocampo


"Artista de Atrapados por la Imagen"

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Atrapados por la Imagen es ese rincón donde siempre hay lugar para una historia nueva, una foto, un poema o una idea que pide ser compartida. Un espacio hecho entre todos, donde crear, descubrir y encontrarnos es parte de la aventura.


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Cuento inédito para Atrapados por la Imagen

"El cantante"
SEBASTIÁN ROGELIO OCAMPO


           Detesto los lugares con música fuerte y llenos de gente. Se suponen que deberían gustarme. Tengo 17 años. A mí no me gustan. Cuando entramos a ese tenedor libre en Florianópolis estaba la música al palo y la gente comía desesperada como si fuera la última vez. En un rincón menos iluminado, con una luz más tenue, casi en penumbras, cantaba un tipo. Tenía el pelo canoso, un poco largo, y me recordó a algún jugador de fútbol de los años 70 que había visto en alguna revista. Había luces de colores giratorias que lo iluminaban y cada tanto se lo podía ver mejor, una remera con unas palmeras, un jean gastado, zapatillas de lona, y cada tanto se sumía en la opacidad; aparecía iluminado a cada rato como si fuera un fantasma.

Habíamos viajado a Brasil con la familia de mi mamá. Es una familia numerosa. Varios tíos y tías, muchos primos, una prima en especial, casi todos más chicos que yo. Me senté lo más lejos del disturbio, si es que había un lugar así. En realidad estaba en la punta de una mesa pero en medio de esa muchedumbre nauseabunda. Miré al tipo que cantaba. Cantaba y bailaba y hacía gestos para levantar al público. Sentí que él pensaba lo mismo que yo de toda aquella gente y que debía sentir asco por tener que animarlos a cantar y bailar. Era argentino. Lo dijo cuándo preguntó -como suelen hacer esos personajes- de qué nacionalidades éramos. Había uruguayos, algunos paraguayos, y cuando toda mi familia saltó gritando que éramos argentinos el tipo aprovechó y dijo que él también. 

En un momento dejó de cantar, fue y se sentó en una mesa en un rincón. Fue con un plato y se sirvió un montón de pescado frito, rabas, y papas fritas. Yo comía papas fritas solas. No me interesaba probar más nada. Las papas fritas eran comida chatarra decía mi madre. A mí no me importaba. El tipo fue a servirse tres o cuatro veces. Pensé que él también comía como si fuera la última vez y posiblemente sería la última vez hasta mañana a la noche. Se metía grandes bocados en la boca que le sobresalían y los apuraba con el dorso de la mano o los dedos directamente. Pensé en su soledad. Pensé en la vida solitaria de un cantante popular en medio del verano feliz argento-brasilero. ¿Qué haría durante el día? Durante el día yo me quedaba con el celular en la cabaña mientras todos iban a la playa. Mis viejos se quejaban por lo bajo pero ya no me decían nada, a mi edad ya estaba perdido. Sé que ellos pensaban eso. No tenía razón alguna intentar llevarme a la playa porque yo detestaba todo eso de las ojotas, y los lentes de sol, sombrillas, reposeras, mate, toallas, negros vendiendo choclos y parlantes; toda esa mierda me daba asco. Solo quería quedarme con el celular viendo cosas en Instagram. Cosas que eran más interesantes. No quiero hacerme el literato porque no lo soy, pero quedarme leyendo poemas de Bukowski era mucho más gratificante que ir a la muchedumbre hambrienta de felicidad en la playa. A decir verdad yo iba a la playa. Cuando caía la noche y ya no quedaba casi gente y se podía ver el cielo estrellado y el mar alto hasta mis pies y entonces caminaba por la playa tratando de adivinar constelaciones, pensando en cosas que valían la pena, frases de Kerouac, Burroughs, Celine, no en pelotudeces veraniegas. ¿Qué haría aquel cantante durante el día? ¿Ensayaría formas de cantar o formas de suicidio? ¿Tendría algún amigo con quien ir a tomar mate o caipirinha? ¿Se la pasaría tirado en la cama? Apuesto a que se la pasaba tirado en la cama pensando en alguna familia que dejó atrás después de gritos y muchas guerras nucleares y pensando en hijos a quienes no veía y tal vez en algún nieto del cual tampoco tenía noticias. ¿Cómo había llegado a Brasil? Además cantaba bastante mal. No sé mucho de música pero lo escuchaba desafinar sobre todo cuando intentaba alguna nota prolongada. 

Ahora miraba a la gente meterse los fideos en la boca embadurnada de salsa, gente pinchar en un mismo tenedor varias torrejas y llenarse la boca a reventar, la cerveza ir y venir para agujerear mil estómagos. Decidí concentrarme en algo mejor. Antes mencioné a una prima en especial. Estoy enamorado de mi prima. Ella es apenas unos años más chica que yo. Es un poco más que una nena pero ya está desarrollada y es madura. Ella es una morocha, morena, a diferencia del resto de la familia que somos todos blancos y rubiones. Ella es adoptada. En cierto modo que sea adoptada, no sea mi sangre, hace que mi amor hacia ella se vuelva menos inmoral. Me gusta tanto que no tengo fantasías sexuales con ella. Pienso que cualquier cosa de esas podría corromper su magnífica belleza. Esos labios carnosos, esos ojos almendrados de mujer latina, ese cabello enrulado que se deja hasta por debajo de los hombros, esa nariz ancha y chata pero redondita que es perfecta. Me encanta. El hombre que canta también debe estar enamorado de una adolescente. En las tardes de soledad, mientras en su habitación de pensión, un taburete con una jarra de mate cocido encima, canta un poco para practicar otro poco porque su vida misma es cantar, una chica, una adolescente lo visita, y al cantante se le vidrian los ojos e irradian una luz diferente. Él tampoco se atrevería a tocarla. A corromperla. Él la escucha porque siempre llega con historias de pescadores, su padre es pescador, y las historias son realmente buenas y lo entretienen. Él la mira y la desea y la devora con los ojos. Ella no se da cuenta, o sí, tal vez, pero nada de eso importa, ella cuenta historias y él escucha y por un momento tanta soledad se vuelve cálida y tal vez adquiera sentido. Después ella se va y él se tira en la cama con un montón de imágenes en la cabeza, imágenes de las historias e imágenes de la chica, que se le mezclan y se transforman en un triste aquelarre que termina con él leyendo poesía para después dormirse.

El tipo canta, y ahora sí, después de haber comido como chanchos salen todos a bailar, y se mezclan, los paraguas, los uruguayos, los argentos;
 bailan canciones latinas, entre ellas se mezclan cuartetos de Rodrigo y la Mona Gimenez y alguna que otra cumbia de Los Palmeras, porque claro, el cantante es argentino y aquello no puede faltar. Yo veo a toda esa gente contonearse, manosearse, babearse, con los estómagos llenos a reventar, posiblemente tirándose pedos al pasar, besuqueos, apretadas, bailecitos sexies. Yo me quedo solo en la mesa. Nadie me ha dicho nada. Solo alguno de mis primos más chicos que no me entiende todavía. Pero yo me quedo solo en la mesa. En un momento, en un momento en que una de las luces ilumina la cara del cantante, y puedo verlo, se hace un silencio, un silencio profundo y aturdidor; el cantante me mira, me mira y veo sus labios enarcarse, veo de a poco como la boca se le transforma en una sonrisa, sonríe de verdad, Dios mío, y si después de todo, mi soledad, mi falta de mundo, la vileza de la humanidad, la porquería de todo esto, si después de todo, sí, no, sí, sí, tal vez el cantante es feliz ¿Y si es feliz?


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 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©Sebastián Rogelio Ocampo

Rosario - Argentina

 Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro

Septiembre 2026




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Afectuosamente...


Administración de Atrapados por la Imagen.
Directora: Laura Jakulis

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