Queridos amigos, nos complace compartir con todos ustedes:
La mesa de la Ochava
Nueva obra literaria de Pedro Pablo Lilli, fotógrafo destacado de nuestra comunidad, y autor literario en la Editorial Online de Atrapados por la Imagen, espacio dedicado a nuevos artistas.
¡¡Felicitaciones y éxitos Pablo por esta nueva entrega!!
Agradecemos a todos ustedes por sus visitas y
valoraciones.
Afectuosamente.
Administración de Atrapados por la Imagen.
La mesa de la Ochava
No tenía ganas de cenar en un parador de la ruta. Tenía antojo de comida de fonda, casera, hecha para clientes no ocasionales, que normalmente son los vecinos y los amigos del dueño. Donde hay sopas, buenos guisos, el vino de la casa es aceptable, lo sirven en jarras con forma de pingüino y la soda es de sifón.
Desvíe e ingresé al primer pueblo, interrumpiendo el viaje a Rafaela a mitad de camino. No tenía apuro en llegar, ya que la primera cita con uno de mis clientes, era a las once de la mañana del otro día. Por esa ruta prefiero viajar de noche, llegar a destino al amanecer, descansar hasta mitad mañana y , después sí, iniciar una completa jornada de compromisos.
El empleado de la Estación de Servicios me sugirió un mesón, frente a una placita no lejos de la principal. Típica esquina de mediados del 1800, de ladrillos vistos, con grandes ventanas protegidas con rejas coloniales. En este caso, la puerta de ingreso había sido abierta, a posteriori, en uno de los laterales y la original, en la ochava, permanecía cerrada.
Ingresando comprendí que "La Lucila" no era solo fonda sino que, también y por sobre todo, era una versión actualizada de las viejas pulperías y de las almacenes de ramos generales. Invadía al local un agradable olor a cocina de antaño y entre aparadores varios colgaban de las paredes viejas herramientas de labriego, cencerros, herraduras y carteles en chapa de publicidades de vermouth y fernet.
Al entrar, el propietario, detrás del mostrador, me miró de pies a cabeza, quizás extrañado de ver un forastero, a esas horas, entrar a su local. Tras pensarlo un instante, ordenó al único camarero, un hombrecito delgado y calvo: " Rolo, acomode al caballero en la mesa 3, por favor." El mozo lo miró desconcertado sin saber dónde acomodarme. "En la 3, Rolo..." y le señaló con un cabeceo una mesa cercana a otras dos: una ocupada por una pareja y la restante por cuatro parroquianos que conversaban animadamente jugando a los naipes.
Me llamó la atención una mesa vacía junto a la puerta de la ochava. Estaba preparada para tres comensales, con un lindo mantelito distinto a todos los otros. Al lado de la ventana lucía un delicado bouquet de flores frescas armado con muy buen gusto. Me pregunté para quiénes estaría reservada, por cuál motivo se marcaba la diferencia, mínima, a decir verdad, pero evidente. Otro detalle era que las únicas mesas en servicio eran las más alejadas de ésa.
"Esta noche puedo ofrecerle un plato especial" interrumpió mis pensamientos el titular de la fonda con aire amigable. "¡Puchero de conejo!" dijo con aire satisfecho y las manos entrecruzadas sobre el abdomen, sosteniendo un amplio repasador blanco e impecable. Sin esperar mi respuesta agregó, por si hacía falta convencerme, " Trae todo lo que debe tener, ¡como Dios manda! Aderezos: salsa vinagreta o alioli... Todo de la casa, recién hecho !" Me felicité por la decisión de salir de la ruta para cenar; realmente hacía mucho que no comía conejo; la última vez, había sido en la Provincia de San Juan, en lo de unos tíos, cocinado a la mostaza en un horno de barro.
Pasé al baño para lavarme las manos y, a mi regreso, ví entrar al local a un hombre de gran corpulencia, de porte elegante y con cara de una belleza infantil. El fondero y Rolo se acercaron presurosos a saludarlo con gran deferencia y lo acompañaron hasta la mesa de la ochava. Seguí cada movimiento con curiosidad buscando obtener algún dato esclarecedor en la escena. Los personajes parecían abstraídos del resto de los presentes e intercambiaron unas palabras en evidente camaradería.
"Bueno, ¡que la pasen a gusto!" se despidió el fondero retirándose a la cocina, seguido por el fiel Rolo.
Nos sirvieron el puchero casi al mismo tiempo. Me extrañó que el hombre, un gigante, comenzara a comer antes de la llegada de los otros comensales. Cuando Rolo posó la enorme fuente sobre su mesa dí por descontado que estarían llegando; pero no fue así. Se sirvió con parsimonia y comenzó a hablar como si tuviese a los otros dos frente a sí, incluso les sirvió vino con gran naturalidad. Podía observar claramente porque lo tenía casi oblicuo. Desgraciadamente la distancia que nos separaba no me permitía escuchar sus parlamentos pausados y, al parecer, acompañados de reflexiones. Cuando comía un bocado escuchaba atentamente a sus interlocutores invisibles. Acto seguido y tras limpiarse la boca con la servilleta, sorbía un trago del vino de la casa y retomaba su relato. En un momento, hasta tuve la impresión de que preguntaba a sus compañeros de mesa (¡invisibles!) si la comida era de su agrado.
"¡Pobre tipo!" fue lo primero que pensé, " somos una sociedad enferma, ya ni en los pueblos se escapa de la locura...y la soledad, en lugares como éstos, debe ser demoledora..."
La fuente de puchero era más que generosa y superaba mis expectativas. El conejo con alioli...¡algo del otro mundo! El pingüino de medio litro de tinto no me resultó suficiente y tuve que pedir un cuarto más. Antes de continuar viaje, pensé, podría dormitar un rato en el auto, estacionado en el surtidor a la entrada del pueblo.
De pronto, me asaltó una inquietud: ¿ no sería yo, acaso, el incauto útil de uno de esos programas de televisión con cámaras ocultas? ¿ No sería todo una farsa ? Miré de reojo a mis vecinos de mesa. La pareja estaba retirándose sin registrar la presencia del actor en la ochava. Los parroquianos que jugaban a los naipes ya se habían ido sin que yo me enterara. El fondero y Rolo estarían en la cocina. En la sala quedamos únicamente nosotros dos: el gigante con cara de niño que hablaba solo y yo.
Con disimulo comencé a recorrer con la mirada cada rincón de la sala donde pudiese haber escondida o camuflada una cámara. No encontré ningún indicio pero seguramente estaba. Yo era la víctima hazmerreír de un estúpido programa de televisión. ¡Claro! Ahora se explicaba porqué el propietario se retiró diciendo "Bueno, ¡que la pasen a gusto!", bien fuerte, para que yo lo escuchara. En pocos minutos aparecerían el supuesto fondero, con el supuesto mozo, con el supuesto gigante loco y me dirían " Todo fue una broma, Amigo! " y señalándome el ventilador de techo " ¡Sonría a la cámara! ¡Cuarenta millones de televidentes lo están saludando! ¡Gracias por participar, ganó una licuadora De luxe de 4 velocidades y un set de vasos de colores!"
"¿Cómo estuvo eso?" me sobresaltó Rolo, mientras retiraba la vajilla. Estuve tentado de preguntarle algo, pero por orgullo callé. Quería descubrir, yo solo, de qué se trataba esa puesta en escena. "¿Un postre?" Acepté: "zapallo en almíbar con crema chantilly". Quería hacer tiempo para descubrir por mí mismo la cámara. Sorprendería a los televidentes con alguna morisqueta, un gesto soez, ¡algo!, antes que me presentaran como al tonto hazmerreír de la noche... Pero...¿ y si en realidad, el gigante fuese el 'loco del pueblo", y el fondero le siguiese la corriente para que no provocara destrozos?
El gigante no paraba de hablar y comía con lentitud. Posiblemente era un individuo manso, dócil, que se tranquilizaba comiendo abundantemente, en un ambiente tranquilo, amigable...Tuve tiempo de terminar el vino a tragos lentos, completar con un café y fumar un cigarrillo.
Finalmente, terminó y pidió la cuenta. "Ahora viene la sorpresa" me dije. El hombre pagó al camarero, tomó el bouquet de flores y, mientras se ponía de pie, se le acercó el fondero a saludarlo y lo acompañó hasta la puerta. Salieron afuera y conversaron, sin que yo pudiera escuchar nada. Se despidieron con un sentido abrazo.
El dueño volvió al local y, sin preámbulos, se sentó a mi mesa. "Rolo, traé la ginebra y tres vasos".
Nos miramos fuerte, en silencio. Estaba claro que la farsa no podía quedar así. Cuando los tres vasitos de licor estuvieron llenos, el fondero dijo:
"No sé porqué, pero estoy seguro que Ud. va entender lo que pasó. Por eso lo dejé entrar apenas lo ví y le ofrecí una mesa y lo mejor que tenía" No supe qué contestar, pero comprendí que debía escuchar sin prejuicios.
" Ese hombre que vió hablar, aparentemente a solas, no está loco. Y sus invitados, viven, todo el tiempo que están aquí." Terminé mi vaso de un trago y encendí un cigarrillo. " Es una eminencia en Química...o algo así, no sé. Es muy importante y enseña en una Universidad de Alemania. Vive allá. Es un muchacho, del pueblo. Tiene la edad de mi hermano más grande. Hijo adoptivo. Los padres, que no eran los padres, eran humildes pero de esos gringos trabajadores, como todos aquí. Lo criaron con mucho amor, cuando terminó el colegio lo mandaron a estudiar a Rosario. Bueno, se fue a Europa y se volvió importante. Los padres lo iban a visitar pero preferían vivir aquí, en este pueblo. Querían morir aquí... Boludeces de viejos. Pino, como lo llamamos los amigos, llegó tarde las dos veces. Por eso, cada tanto, se toma un avión y viene. Me avisa con tiempo y yo le preparo un menú especial, le armo una mesa, siempre la misma, la que ocupaban los domingos los padres estando él lejos. Viene y le gusta contarles sus cosas como si estuviesen ahí, frente a él. Y no porque esté loco sino porque, como nos explicó una vez, prefiere vivir esa escena íntima, hablar y desahogarse. Le hace bien, es como una terapia... Es mejor que con un psicólogo, dice. Prefiere hacerlo aquí, en el Almacén La Lucila, en el culo del mundo, donde todos lo respetamos porque es Pino y no porque sale en las revistas de ciencia, donde lo cubrimos, lo atendemos, lo esperamos. ¿Ud cree que la pareja que comió en esa mesa o los viejos que jugaban a las cartas no lo saben? ¡Claro que lo saben!, pero lo dejan tranquilo para que se sienta cómodo, para que siga viniendo, lo respetan...Adela, la florista del pueblo, era una de sus compañeras de la escuela, bueno, Adela le prepara un ramo de flores, porque después de comer él los acompaña al cementerio y les deja las flores" El fondero bajó la vista meneando la cabeza.
"A mí me gusta servirlos. Es como que la muerte no existe." dijo Rolo.
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| Ph-Tesi Salado |
Salí, pensé en mis padres que ya no están. Llegué hasta el auto y me volví.
"Necesito reservar una mesa para tres...la de la ochava, por favor.".
Pedro Pablo Lilli
Abril 2021





Tiene todo, nada le falta. Transita la realidad con la fantasía, lleva de la mano al lector transformándolo en un espectador invisible.
ResponderBorrarLo visual está dado de manera que despierta al resto de los sentidos. Del clima del cuento fluye lo genuino que mantienen los pueblos; todos conocen la historia de todos, sin dejar de lado el respeto por el otro y en este caso consintiendo la necesidad de Pino, gesto que da ternura al relato, elevada por estar comprendida en un escenario de hombres.
Un final imprevisto da el remate cuando el protagonista sale convencido de poder recrear la situación con su propia historia
Pedro Pablo Lilli nos trae un cuento diferente, un cuento que sutilmente rescata valores que pueden sentirse diluidos.
Un hermoso viaje! Nos lleva a ese pueblo con gran ternura, donde el otro es respetado y abrazado amorosamente Tan necesrias esas actitudes en éstos duros momentos!! Gracias!!!
ResponderBorrarUn relato que desborda de creatividad y ternura, nos lleva a valorar los principios más noble de la esencia humana como lo son la ética y la empatía, y disfrutar de la dulce cordura que existe toda locura. Felicitaciones Pablo por esta nueva creación, excelente presentación. Gracias por confiar en Atrapados. Te deseamos el mejor de los éxitos!!
ResponderBorrarPedro con su relato nos va llevando y sumergiendo en una historia, creativa, emotiva y muy tierna, coloca en el tapete, y cuestiona que es estar cuerdo o no, quien o quienes lo determinan, cual es la línea que define entre un estado u otro? quien de nosotros no reservaría una mesa en la ochava? Felicitaciones Pedro y gracias por tanto!!!!
ResponderBorrarMantener vivos a los que han partido, pero que viven en nosotros mismos, sólo si así lo deseamos. Hermoso. Ojalá nos animaramos a sentarnos a esa mesa!
ResponderBorrarPablo has sabido pintar un escenario calmo y sencillo de los pueblos olvidados, donde los personajes acompañan y son cómplices de la fantasía de Pino, mostrando así empatía y solidaridad. La sorpresa y curiosidad del personaje nos acompaña todo el relato. Un final inesperado nos vuelve a la realidad, nos llena de ternura y nos hace reflexionar sobre el recuerdo de nuestros seres queridos que ya no están con nosotros. Una historia bien relatada. Pablo, te deseo muchos éxitos y gracias por todo. Un abrazo.
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