ATRAPADOS POR LA IMAGEN
Cuentos y Relatos Presenta a...
PEDRO PABLO LILLI
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en: ¡WROOOOM!
(Las coristas eran siete)
Ilustraciones realizadas con ayuda de la IA
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
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Cuento inédito para Atrapados por la Imagen
¡WROOOOM!
(Las coristas eran siete)
PEDRO PABLO LILLI
Una chica de color, de formas amplias y sólidas, salió del ascensor cargando cien rosas rojas. Tocó timbre en el sexto D. Un hombre de blancura enfermiza y abundante cabellera negra como sus ojos abrió la puerta.
Afuera, una luna enorme bañaba la noche de densidad tropical. En la avenida vacía, un ómnibus se detuvo en la parada. Alguien subió y retomó viaje. A seis kilómetros de allí, la playa: palmeras, una carpa, un fogón y perfume a café.
— ¡Ámbar! —al verla, el hombre pareció renacer. Le dio paso y la siguió con la mirada, en atónito silencio.
Ella, tras darle un beso a sorpresa en los labios, dispuso las flores en jarrones de cristal que distribuyó por toda la sala. El ambiente olía a tabaco fino y encierro.
- Vamos a ventilar un poquito -y abrió el balcón para renovar el aire. Miró alrededor y descubrió un viejo gramófono que lucía intacto.
—Lindo... ¿Funciona?—Perfectamente. Es un regalo de Toro.
Curioseó entusiasmada los discos de pasta, de setenta y ocho rpm, apilados en la mesita ratona. Eligió uno, Lágrimas Negras por el Trío Matamoros, y lo colocó en el plato. Levantó el brazo cónico para controlar la púa y al ver que estaba muy gastada, tomó una nueva de la cajita de lata color celeste y la cambió. Giró suavemente la manivela para darle cuerda con movimientos de veneración hacia esa antigua joya musical. Finalmente, tras los sonidos a fritura de polvo y rayones en el surco, apareció la voz de Miguel Matamoros:
Y aunque tú / me has echado en el abandono / y aunque tú / mataste mis ilusiones...
Comenzó a desnudarse bailando al ritmo del bolero, con esa sensualidad caribeña, que azuza historias sin hablar. Girando sobre las puntas de los pies, fue desparramando las prendas por la habitación. Perfumaba a pan caliente y miel. El culotte de encaje dorado, que fue lo único que se dejó puesto, parecía fundirse en sus caderas. Siguió bailando hasta la estrofa final:
Que tú me quieres dejar / ya no quiero sufrir / contigo me voy, gitana / y aunque me cueste morir.
Se detuvo y preguntó:
— ¿Derretí tu pálida, Flavio?— ¡Totalmente! —Suspiró— Esperá, no te muevas.
Busco la cámara.
Ella, en tanto, se enjoyó: una rodaja de limón translúcida sobre cada pezón y una corona de rosas en la cabeza. Parecía una extraña Madonna morena que acababa de surgir de la música del gramófono. Hicieron diecisiete capturas en distintas poses. Eligieron una, decidiendo que era la mejor.
—La voy a mandar a imprimir para colgarla en esa pared.
—Es exclusiva para vos —sentenció ella—. Que no la vea nadie.
— ¿Toro tampoco?—Toro sí.— ¡Andá a saber si vuelve ese ingrato!—Olvidalo.— ¡Ay, lo que sufro!—Hagamos música —le cortó ella—. Alguien va a caer.—Sí, mi amor. Hagamos música.
Flavio se acomodó al piano, dejando que sus dedos encontraran los primeros acordes de un melancólico bolero. Ámbar se acercó, apenas cubierta con una bata de lino, sujetando un par de copas y una botella de ron. La etiqueta amarillo fuerte contrastaba con el ébano de su piel. Bebió del pico un trago generoso antes de apoyarse, lánguida, en la tapa del piano. Sabía que el dolor se cura a ritmo lento, así que lo esperó que entrelazara un par de piezas más. Se acomodó la bata para que el lino se ajustara a las curvas de su cuerpo y susurró, posándole una mano sobre el hombro:
—Soy lo prohibido.
Flavio, con los ojos vidriosos y la nuca hundida, acarició las teclas liberando octavas dramáticas y florituras en registro agudo. Se miraron con entrega y ella cantó con voz de terciopelo:
Soy ese vicio de tu piel / que ya no puedes desprender / Soy lo prohibido / Soy esa fiebre de tu ser / que te domina sin querer / Soy lo prohibido…
Sin un sonido de puerta abriéndose, sin una invitación formal, el apartamento se pobló de fantasmas corpóreos. De las sombras del rincón más oscuro emergió un hombre sosteniendo un contrabajo, se unió al piano. Una mano anónima comenzó a sisechar con unas maracas de cuero, dándole a la escena un aire de playa nocturna.
Detrás de Ámbar, un grupo de coristas apareció invocado por el bolero. Fue en la última estrofa cuando sus voces entraron como un murmullo de seda. La rodeaban. Ya no era una voz solitaria expresando su pena; era un lamento colectivo, un ritual de sanación:
Soy ese beso que se da / sin que se pueda comentar. / Soy ese nombre que jamás / fuera de aquí, pronunciarás. / Soy ese amor que negarás / para salvar tu dignidad. / Soy lo prohibido.
Se sumaron guitarras y trompetas. Siguieron con:
“Tú me acostumbraste”, “Contigo en la distancia”, “Historia de un amor”, “Dos gardenias”... La noche se estiró como goma de mascar: “Sabor a mí”, “Perfidia”, “El reloj”...
Las coristas eran siete, con turbante rojo y vestido blanco hasta los pies. Seis negras y una sajona que se hacía llamar Sylvia, aunque su nombre era Sylvester. A las tres de la madrugada la pasaron a buscar, pero prefirió quedarse. La luna escuchaba desde el balcón.
Los vecinos, que habían entrado con maracas, botellas y alegría, bailaban apretados, ajenos al mundo exterior: “Solamente una vez”, “Aquellos ojos verdes”, “Toda una vida”, “Piel canela”. Uno, que era chino, preparó un arroz Yangzhou para todos.
Sin que nadie lo advirtiera, pasó algo extraño: el edificio se desprendió de los cimientos y se elevó por los aires. Abandonó la ciudad, dejando un agujero hasta el centro de la Tierra. Algo digno de un comic, con un "WROOOOM!" en letras catástrofe. Pero no fue así. Un taxi cruzó la esquina oeste, y no lo vio.
Música y risas desbordaban del balcón iluminado del sexto D. En la carpa junto al mar, bajo las palmeras curvadas, una pareja celebraba a besos y fuego su juventud. Un cangrejo trasnochado caminaba por la orilla.
El edificio, libre de sus anclajes, flotaba en el aire rosa de la mañana que poco a poco se fue tiñendo de azul.
Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
©Pedro Pablo Lilli
Rosario - Argentina
Abril 2026
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
Corrección literaria: Isa Santoro
Maquetación y Edición: Laura Jakulis
Agradecemos a todos nuestros amigos, lectores y seguidores, por sus visitas y valoraciones.
Afectuosamente...
Administración de Atrapados por la Imagen.
Directora: Laura Jakulis
“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra”

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Faaaa Pedro, qué locura de cuento, locura literal, me dejó flotando como si hubiera estado metido en un sueño, solo en un sueño puede percibirse tan vívidamente, tan sensitivamente, este bombardeo de imágenes y sonido. Grande Pedro!!!
ResponderBorrarHermoso Pablo!!!... FELICITACIONES!!! 😻
ResponderBorrarMuy bueno Pablo. Esos personajes y ese clima intrigante y surrealista. Hay algo del realismo mágico. Un gran abrazo. Sebastián Rogelio Ocampo.
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