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domingo, 12 de julio de 2026

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, ZENÓN PEREYRA, SANTA FE

ZENÓN PEREYRA, EL PUEBLO DE SANTA FE QUE ESCONDE SECRETOS MASÓNICOS




Entre montañas, valles, playas y algunos de los paisajes más emblemáticos de Argentina, un pequeño pueblo del oeste santafesino logró abrirse paso en la selección nacional para competir en el programa Best Tourism Villages de ONU Turismo. La pregunta surge casi de manera inevitable: ¿qué tiene Zenón Pereyra para compartir candidatura con destinos como Tafí del Valle, Villa General Belgrano o Puerto Pirámides?


La respuesta se encuentra en una combinación de historia, patrimonio e identidad que le otorga un carácter singular dentro del mapa turístico de Santa Fe. Con poco más de 2.100 habitantes, esta localidad del departamento Castellanos fue una de las ocho elegidas entre 56 postulaciones provenientes de 19 provincias para representar al país en una iniciativa que distingue a comunidades rurales donde el turismo se transforma en una herramienta de desarrollo, preservación cultural y fortalecimiento de la vida comunitaria.

Los resultados se conocerán hacia fin de año y, por primera vez, la ceremonia internacional de entrega de distinciones se celebrará en Argentina. Junto a Zenón Pereyra competirán Mar de las Pampas (Buenos Aires), Villa General Belgrano (Córdoba), Cachi (Salta), Tafí del Valle (Tucumán), Puerto Pirámides (Chubut), Villa Sanagasta (La Rioja) y El Trapiche (San Luis). Mientras espera ese momento, este pequeño rincón santafesino ya comenzó a despertar la curiosidad de quienes buscan descubrir qué historia lo convirtió en uno de los pueblos con mayor proyección turística del país.

Hoy, en Domingos de Curiosidades, voy a contarte la historia de esta ciudad y algunos datos curiosos que , tal vez, no conocías.



UN POCO DE HISTORIA

Mucho antes de que Zenón Pereyra apareciera en los mapas, estas tierras eran apenas un alto en el camino. La tradición oral sostiene que allí existía una posta conocida como **Corrales de Garay**, donde los carreteros que partían desde Rosario encontraban descanso antes de continuar viaje hacia Villa Ojo de Agua, en Santiago del Estero, en busca de sal. En aquel paisaje abierto de la llanura santafesina, el ir y venir de hombres, caballos y carretas fue escribiendo las primeras páginas de una historia que todavía no tenía nombre.

A mediados del siglo XIX, la provincia de Santa Fe atravesaba un período de expansión territorial. En 1858, durante el gobierno de Rosendo M. Fraga, comenzó una campaña que permitió extender sus límites hacia el oeste hasta alcanzar la frontera con Córdoba, proceso que culminaría en 1886 con la conformación definitiva del territorio provincial. Al mismo tiempo, el país impulsaba la llegada de inmigrantes europeos para poblar y desarrollar nuevas colonias agrícolas, una política que transformaría para siempre el paisaje de la región.

Fue en ese escenario donde apareció la figura de don Zenón Pereyra. El 14 de abril de 1887, junto a Nicanor G. del Solar, Desiderio Rosas, Manuel Díaz y Marcos Paz, adquirió estas tierras con la intención de impulsar un proyecto de colonización. La elección no fue casual. Quienes integraban aquella sociedad pertenecían a la influyente burguesía rosarina y supieron advertir el enorme potencial de una zona que, poco tiempo después, sería atravesada por importantes líneas ferroviarias, fundamentales para el desarrollo agrícola y comercial.

La colonización comenzó ese mismo año. El 15 de octubre de 1887, los propietarios solicitaron a la Dirección Nacional de Ferrocarriles la instalación de una línea férrea en la colonia, ofreciendo los terrenos necesarios y argumentando la necesidad de transportar la creciente producción de cereales. Meses más tarde, el 7 de diciembre de 1888, presentaron el proyecto para la traza de la colonia y del pueblo de Esmeralda, iniciativa que ingresó al Ministerio de la Gobernación en enero de 1889 para su aprobación. Aquella colonia sería el punto de partida de dos localidades que con el tiempo adquirirían identidad propia: Esmeralda y Zenón Pereyra.

El avance del ferrocarril terminó de definir el destino del lugar. Mientras una de las estaciones dio origen a Esmeralda, otra se levantó sobre la línea del Ferrocarril Buenos Aires-Rosario y recibió el nombre de **Zenón Pereyra**. Alrededor de esa estación comenzó a crecer el nuevo pueblo, acompañado por la casa del administrador de la empresa colonizadora, desde donde se organizaba la vida de la colonia y se administraban sus tierras.

Aunque la fundación de Zenón Pereyra no posee una fecha única y precisa, existen momentos que marcaron su nacimiento. En 1891 fue creada la primera Comisión de Fomento, motivo por el cual ese año es considerado tradicionalmente como el de la fundación, aun cuando las tareas de colonización y demarcación de los campos habían comenzado cuatro años antes.

El proceso terminó de consolidarse el 20 de marzo de 1892, cuando don Zenón Pereyra solicitó la aprobación oficial del trazado del pueblo, declarándose su fundador. En esa presentación dejó constancia de que la localidad ya contaba con una población estable y con edificios de importancia, entre ellos la iglesia, cuya construcción había sido financiada íntegramente por él y por su esposa. Finalmente, el 5 de julio de 1892 fueron aprobados los planos y la traza urbana, otorgando reconocimiento legal al pueblo que desde entonces lleva el nombre de su principal impulsor.


Pero, ¿quién fue realmente Don Zenón Pereyra?

Detrás del nombre de esta pequeña localidad santafesina hubo mucho más que un empresario ganadero. Don Zenón Pereyra (1842-1902) integró la primera burguesía rosarina, un grupo de hombres liberales, emprendedores y con una marcada visión para los negocios que protagonizó el crecimiento económico e institucional de Rosario durante la segunda mitad del siglo XIX.

Junto a Carlos Casado fundó el Banco de la Provincia de Santa Fe en 1874; fue concejal de Rosario; impulsó la creación del Comité Rosario de la Cruz Roja Argentina, cuya primera comisión presidió, e integró la comisión promotora del primer Monumento a la Bandera. También presidió el entonces Club Fénix, actual Jockey Club; formó parte del primer Consejo Directivo de la sucursal Rosario del Banco de la Nación Argentina y, en 1902, estuvo al frente de la Sociedad Rural de Rosario.

Su trayectoria lo convirtió en una de las figuras más influyentes de la Rosario de fines del siglo XIX. Sin embargo, entre todos los capítulos de su intensa vida pública hubo uno que durante mucho tiempo permaneció casi en silencio y que, con el paso de los años, ayudaría a explicar una parte de la identidad del pueblo que lleva su nombre.


Ese capítulo menos conocido tenía nombre propio: la masonería.

Según las investigaciones, don Zenón Pereyra ocupó un lugar destacado dentro de la historia de la masonería argentina. Fue iniciado en la Logia Unión 17 el 27 de agosto de 1870 y, el 18 de agosto de 1892, alcanzó el grado 33 del Supremo Consejo de la República Argentina, la máxima jerarquía de la orden. Entre 1890 y 1893 presidió la Logia Unión 17 y, posteriormente, fundó la Logia Unión Liberal 155, institución que también condujo durante dos períodos.

Con el paso de los años, distintas investigaciones realizadas en la localidad comenzaron a revelar que ese vínculo no quedó solamente en la vida de su fundador. Diversas simbologías masónicas fueron identificadas en algunas construcciones y en el trazado urbano original del pueblo, dando origen a una nueva mirada sobre su historia y su patrimonio.

Sin embargo, la pertenencia de Zenón Pereyra a la masonería nunca estuvo reñida con su compromiso con la comunidad. Junto a su esposa, doña Justina Morante, promovió en 1892 la construcción del templo católico que ambos donaron a la población bajo la advocación de Santa Justina, hoy patrona de la localidad. Justina, además, había sido socia fundadora de la Sociedad de Damas de Caridad y presidenta de la institución entre 1882 y 1886, integrada por mujeres pertenecientes a las familias más influyentes de la provincia.

Don Zenón Pereyra falleció el 6 de noviembre de 1902, a los 59 años. Tras su muerte, su esposa dispuso en su testamento la construcción de un pabellón en el Hospicio que llevara el nombre de su esposo para perpetuar su memoria. Su panteón, en el cementerio El Salvador de Rosario, aún se distingue por su estilo neoegipcio, una arquitectura en la que diversos investigadores reconocen claras referencias al simbolismo masónico. Décadas más tarde, en 1968, la Municipalidad de Rosario homenajeó su trayectoria al imponer su nombre a una calle del barrio Parque Field.

La arquitectura del panteón de Zenón Pereira es triangular, representando la tesis, antítesis y la síntesis hegeliana. Cuestiones filosóficas que se entremezclan en la masonería. El número 3 siempre está dentro de su orden. El círculo perfecto se realiza con un compás, herramienta que define a la masonería junto a la escuadra

Las huellas de la masonería comienzan a revelarse en el propio trazado urbano. Según destacan investigadores y el sitio oficial de la comuna, el diseño original de Zenón Pereyra contaba con "33 calles", un número que es asociado con el grado masónico más alto alcanzado por su fundador, don Zenón Pereyra. Más allá de las interpretaciones, ese detalle se convirtió con el tiempo en uno de los rasgos que distinguen la historia y la identidad de la localidad.

Sin embargo, el legado no se limita a un número. Para quienes recorren el pueblo con una mirada atenta, la arquitectura también parece contar su propia historia. Columnas, figuras geométricas, ornamentos y diversos símbolos aparecen en fachadas y edificios, evocando una tradición que, según distintos estudios, quedó plasmada en el paisaje urbano. Flores de lis, detalles arquitectónicos y un circuito patrimonial invitan hoy a descubrir una faceta diferente de Zenón Pereyra, donde cada rincón parece guardar una parte de su pasado.


Durante más de un siglo, esas huellas masónicas pasaron inadvertidas para la propia comunidad. Fue recién entre 2011 y 2012, cuando Zenón Pereyra comenzó a incorporarse a los programas de turismo rural, que una revisión de su patrimonio abrió una nueva línea de investigación. Según explicó en 2020 Adriana Gieco, entonces coordinadora del museo comunal, un arquitecto italiano especializado en recuperación de edificios históricos advirtió que varias construcciones presentaban elementos característicos de la simbología masónica. A partir de esa observación comenzó un trabajo de investigación que luego contó con el aporte de integrantes de logias de Santa Fe y del Gran Maestre Ángel Jorge Clavero.

Ese proceso permitió identificar un conjunto de símbolos presentes en viviendas e instituciones históricas y dio origen a un circuito patrimonial que hoy invita a recorrer el pueblo desde una mirada diferente. Las investigaciones no se limitaron a observar las construcciones: también buscaron reconstruir quiénes las habían levantado y cuál había sido el papel de sus propietarios en la formación de la comunidad, relacionando la arquitectura con la historia social de Zenón Pereyra.

Entre los elementos que más llaman la atención aparecen figuras geométricas, flores de lis y otros motivos repetidos en distintas fachadas. Uno de los símbolos que despertó mayor interés es un círculo del que parten tres líneas, interpretado por investigadores vinculados al proyecto como una representación del sol con tres rayos, asociada al tercer grado de maestro masón. La reiteración de ese motivo en diferentes edificios es uno de los indicios que alimenta las investigaciones sobre el pasado masónico de la localidad, aunque la propia Gieco señalaba que no se habían hallado las actas de una logia local que permitieran confirmar la pertenencia de todos sus propietarios a la orden.

Otro aspecto singular es el estado de conservación del patrimonio. Muchas de las construcciones mantienen sus fachadas prácticamente intactas desde fines del siglo XIX, lo que permitió estudiar sus elementos originales y convertirlas en parte de un recorrido histórico señalizado. Con el tiempo, aquello que en un principio despertó sorpresa e incluso cierta resistencia entre los vecinos pasó a integrarse a la identidad local. Hoy las escuelas trabajan sobre esa historia, los estudiantes participan en proyectos patrimoniales y el legado masónico forma parte de una de las propuestas culturales y turísticas más distintivas de Zenón Pereyra.



Durante más de un siglo, esas huellas pasaron inadvertidas para la propia comunidad. Fue recién entre 2011 y 2012, cuando Zenón Pereyra comenzó a incorporarse a los programas de turismo rural, que una revisión de su patrimonio abrió una nueva línea de investigación. Según explicó en 2020 Adriana Gieco, entonces coordinadora del museo comunal, un arquitecto italiano especializado en recuperación de edificios históricos advirtió que varias construcciones presentaban elementos característicos de la simbología masónica. A partir de esa observación comenzó un trabajo de investigación que luego contó con el aporte de integrantes de logias de Santa Fe y del Gran Maestre Ángel Jorge Clavero.

Ese proceso permitió identificar un conjunto de símbolos presentes en viviendas e instituciones históricas y dio origen a un circuito patrimonial que hoy invita a recorrer el pueblo desde una mirada diferente. Las investigaciones no se limitaron a observar las construcciones: también buscaron reconstruir quiénes las habían levantado y cuál había sido el papel de sus propietarios en la formación de la comunidad, relacionando la arquitectura con la historia social de Zenón Pereyra.



Entre los elementos que más llaman la atención aparecen figuras geométricas, flores de lis y otros motivos repetidos en distintas fachadas. Uno de los símbolos que despertó mayor interés es un círculo del que parten tres líneas, interpretado por investigadores vinculados al proyecto como una representación del sol con tres rayos, asociada al tercer grado de maestro masón. La reiteración de ese motivo en diferentes edificios es uno de los indicios que alimenta las investigaciones sobre el pasado masónico de la localidad, aunque la propia Gieco señalaba que no se habían hallado las actas de una logia local que permitieran confirmar la pertenencia de todos sus propietarios a la orden.

Otro aspecto singular es el estado de conservación del patrimonio. Muchas de las construcciones mantienen sus fachadas prácticamente intactas desde fines del siglo XIX, lo que permitió estudiar sus elementos originales y convertirlas en parte de un recorrido histórico señalizado. Con el tiempo, aquello que en un principio despertó sorpresa e incluso cierta resistencia entre los vecinos pasó a integrarse a la identidad local. Hoy las escuelas trabajan sobre esa historia, los estudiantes participan en proyectos patrimoniales y el legado masónico forma parte de una de las propuestas culturales y turísticas más distintivas de Zenón Pereyra.


Antigua casa de la familia Zurbriggen

Más allá de su candidatura internacional, el verdadero valor de Zenón Pereyra reside en haber sabido preservar una parte de su historia. Sus calles, edificios y espacios patrimoniales permiten reconstruir el origen de una comunidad nacida al calor del ferrocarril, la inmigración y el impulso de quienes imaginaron un pueblo en medio de la llanura santafesina.

Lejos de quedar atrapado en el pasado, ese legado se transformó en una herramienta para proyectar el futuro. El circuito histórico y arquitectónico, el patrimonio cultural y espacios como el Museo Bucci invitan hoy a descubrir una identidad que distingue a la localidad dentro del mapa turístico de Santa Fe.

Quizás ese sea el mayor secreto de Zenón Pereyra. No se encuentra oculto bajo tierra ni resguardado entre viejos documentos. Está a la vista de todos, en los símbolos que sobreviven en sus fachadas, en la memoria de sus habitantes y en un pueblo que aprendió a reconocer en su propia historia una de sus mayores riquezas.



Si bien hay pueblos que guardan sus secretos detrás de una puerta cerrada. Zenón Pereyra eligió otro camino, los dejó escritos en piedra, en las líneas de sus calles y en el silencio de sus viejas construcciones. Basta caminar despacio, levantar la vista y dejar que la arquitectura cuente lo que durante mucho tiempo pasó inadvertido. Porque, a veces, los lugares más pequeños son también los que conservan las historias más extraordinarias.

Idea, investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen



 

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domingo, 21 de junio de 2026

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, MACHU PICCHU

 MACHU PICCHU, LA JOYA OCULTA DE LOS INCAS



Año tras año, figura entre los destinos más fascinantes del planeta. Su imagen ha recorrido el mundo a través de documentales, películas y páginas de innumerables libros. Envuelta por la espesura de la selva y abrazada por las montañas, aparece como una ciudad perdida en el tiempo, guardiana de los secretos de una de las civilizaciones más extraordinarias de la historia.


Sí, estoy hablando de Machu Picchu, cuyo nombre,  en quechua significa “montaña vieja”, y parece guardar, además,  el espíritu de un lugar donde el tiempo quedó suspendido entre la piedra, la selva y las nubes.


Ubicada en lo alto de los Andes peruanos, a 2.430 metros sobre el nivel del mar, esta antigua ciudad inca deslumbra con la perfección de su arquitectura, la armonía con el paisaje que la rodea y el misterio que aún parece habitar entre sus piedras. Un lugar donde la historia, la naturaleza y la leyenda se encuentran, convirtiéndola en uno de los sitios más cautivantes del Perú y del mundo.

Hoy en Domingos de Curiosidades voy a contarte la historia de este emblemático lugar y algunos detalles sobre el mismo que, tal vez, no conocías.



LA HISTORIA

Machu Picchu antes de los incas

Mucho antes de que los incas levantaran sus imponentes construcciones de piedra entre las montañas, la región que hoy ocupa Machu Picchu ya había conocido la presencia humana. Las investigaciones arqueológicas realizadas en el Santuario Histórico han hallado piezas cerámicas pertenecientes a la cultura Marcavalle, con una antigüedad cercana a los tres mil años antes de Cristo. Aunque estos vestigios son escasos en comparación con los encontrados en otras zonas del Valle del Cusco, permiten suponer que estas tierras estuvieron habitadas por pequeños grupos familiares vinculados a antiguas culturas como los Marcavalle, los Killke y otros pueblos que antecedieron al gran imperio inca.

A estos primeros habitantes se suma el hallazgo, en 2011, de una tumba perteneciente a la cultura Wari en la región de Vilcabamba, una evidencia que sugiere la expansión de esta civilización hacia sectores amazónicos cercanos a Machu Picchu. Sin embargo, durante siglos estas montañas permanecieron escasamente pobladas, hasta que la llegada de los incas transformó para siempre el paisaje de la selva alta andina.

Los incas fueron los grandes arquitectos de una de las civilizaciones más extraordinarias de América del Sur. Su organización política y religiosa, profundamente unidas, les permitió construir un vasto territorio y desarrollar conocimientos que aún hoy despiertan admiración. Su origen se entrelaza con la leyenda: los gobernantes incas eran considerados hijos del Sol y descendientes de Manco Cápac, el mítico fundador que, según la tradición, emergió por voluntad divina para iniciar la estirpe de los soberanos del Tahuantinsuyo.

Pero quizás una de las huellas más sorprendentes de esta civilización sea su capacidad para transformar la geografía. Construyeron una inmensa red de caminos que atravesó montañas, costas y selvas; dominaron una arquitectura de una precisión asombrosa, capaz de encajar enormes bloques de piedra sin necesidad de mortero; crearon sistemas agrícolas basados en andenes que permitieron aprovechar los terrenos más difíciles y desarrollaron una avanzada ingeniería hidráulica que conducía y administraba el agua respetando el equilibrio natural del paisaje.


La construcción de Machu Picchu

Como señalaba anteriormente, antes del surgimiento de la majestuosa ciudad de piedra, estas montañas ya eran habitadas por comunidades vinculadas a los ayllus de Vilcabamba y del Valle Sagrado. Con la expansión del poder incaico, aquellos territorios fueron incorporándose al vasto Tahuantinsuyo, el gran imperio que extendió su influencia por buena parte de América del Sur.

Las investigaciones realizadas mediante estudios de carbono 14 sitúan la construcción de Machu Picchu alrededor del año 1450 d.C., durante el gobierno del inca Pachacútec, el gran estratega y responsable de la expansión del imperio. Sin embargo, las obras habrían continuado durante el mandato de su hijo y sucesor, Túpac Yupanqui. Para dar vida a esta nueva ciudad en las alturas, se cree que llegaron pobladores provenientes de distintos puntos del imperio, los llamados mitimaes, encargados de trabajar la tierra y consolidar el asentamiento. Entre sus primeros habitantes habrían estado también los chachapoyas, un pueblo de la selva montañosa del norte del actual Perú que había sido incorporado al dominio inca.

Machu Picchu no fue una obra aislada, sino parte de una compleja red de centros administrativos y ceremoniales que los incas levantaron a lo largo del valle del río Urubamba, junto a otros importantes enclaves como Choquequirao, Vitcos y Vilcabamba, demostrando su extraordinaria capacidad para adaptarse a una geografía tan desafiante como imponente.

Durante mucho tiempo se creyó que la presencia inca se había detenido en los límites de la selva alta andina. Sin embargo, nuevos hallazgos arqueológicos sugieren que los contactos con las poblaciones amazónicas pudieron haber sido mucho más profundos y antiguos de lo imaginado. Productos originarios de la Amazonía, caminos empedrados y diversos vestigios encontrados en zonas selváticas abren nuevas preguntas sobre el alcance de aquellos vínculos.

Todavía quedan muchas respuestas por descubrir. Como los nudos de un antiguo quipu que esperan ser interpretados, cada nuevo hallazgo va revelando lentamente los hilos ocultos de la historia de los pueblos que habitaron estas tierras mucho antes de nuestra llegada.


El esplendor y el silencio de una ciudad sagrada

Durante su época de esplendor, Machu Picchu fue un importante centro urbano y religioso donde habitaron entre 300 y 1.000 personas. Sus magníficos templos, sus extensos andenes agrícolas y la red de caminos que la conectaba con el resto del Tahuantinsuyo son testimonio del extraordinario conocimiento arquitectónico y de ingeniería alcanzado por los incas.

Aunque durante mucho tiempo se pensó que había sido una fortaleza militar o una residencia de descanso del inca Pachacútec, las investigaciones actuales señalan que fue principalmente un santuario religioso levantado en un lugar de gran belleza y valor estratégico, en el límite entre los Andes y la selva.

Tras la llegada de los españoles y las guerras de resistencia de los incas de Vilcabamba, Machu Picchu comenzó a perder habitantes hasta quedar prácticamente abandonada hacia 1572. La caída del Tahuantinsuyo fue consecuencia de diversos factores: la captura de Atahualpa, las guerras internas entre los propios incas, las alianzas de algunos pueblos indígenas con los conquistadores españoles, las enfermedades traídas desde Europa y la superioridad militar de los invasores.

Desde entonces, la ciudad de piedra quedó envuelta por la vegetación y el silencio, como si las montañas hubieran decidido resguardar durante siglos los secretos de una civilización que aún continúa maravillando al mundo.


El largo sueño de una ciudad de piedra

Tras la caída del Tahuantinsuyo y el fin de la resistencia inca en Vilcabamba en 1572, Machu Picchu fue quedando lentamente deshabitada. Aunque los españoles conocían su existencia y algunos pobladores continuaron cultivando sus tierras, el difícil acceso y su escaso interés económico hicieron que la ciudad permaneciera apartada de los grandes cambios de la época colonial. Poco a poco, la vegetación fue cubriendo sus templos, terrazas y caminos, resguardándola durante siglos.

Sin embargo, Machu Picchu nunca estuvo completamente perdida. Las familias de la región continuaron transitando y trabajando esas tierras y, en 1902, Agustín Lizárraga dejó su nombre grabado en uno de sus muros como testimonio de su paso por la antigua ciudad inca. Años más tarde, en 1911, Hiram Bingham llegó al lugar guiado por pobladores locales y encontró allí a las familias Recharte y Álvarez, que aún habitaban sus alrededores.

La llegada de Bingham significó el inicio de las investigaciones científicas que dieron a conocer la importancia arqueológica de Machu Picchu al resto del mundo. Desde entonces comenzaron las tareas de exploración y conservación que permitieron revelar nuevamente la grandeza de esta ciudad de piedra.

Hoy, reconocida como Santuario Histórico del Perú, Patrimonio de la Humanidad y una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo Moderno, Machu Picchu continúa despertando el mismo asombro que debió sentir aquel primer habitante que contempló estas montañas cubiertas de nubes.

Agustín Lizarraga en el Templo de las 3 ventanas


Machu Picchu no es solamente una maravilla construida en piedra. Es la voz de un pueblo que aún resuena entre las montañas, un mensaje del pasado que el tiempo no logró borrar.



Idea, investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen





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domingo, 7 de junio de 2026

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY. VILLA EPECUÉN.

 EPECUÉN, EL PUEBLO FANTASMA QUE VOLVIÓ A EMERGER DE LA LAGUNA



Ubicada junto a Carhué, en el partido de Adolfo Alsina, Villa Epecuén fue durante décadas uno de los centros turísticos más importantes de la provincia de Buenos Aires. Con menos de 1500 habitantes, llegó a recibir más de 25 mil visitantes por temporada entre las décadas de 1950 y 1970, atraídos por las propiedades terapéuticas de las aguas de la laguna.

Conocida como el “mar de Epecuén”, la laguna era el gran atractivo de la región. Miles de turistas llegaban cada año para disfrutar de sus aguas saladas. El crecimiento fue tan importante que Villa Epecuén llegó a competir con Mar del Plata en cantidad de visitantes. Hoteles, balnearios y comercios daban vida a una localidad que parecía destinada a un futuro próspero.

Sin embargo, de aquel pueblo sólo quedan ruinas. Y es que aquello que impulsó su desarrollo también terminó por provocar su caída: las mismas aguas que durante décadas atrajeron a miles de personas fueron las responsables de la tragedia que cambió para siempre la historia de Villa Epecuén.

Hoy en Domingos de Curiosidades voy a contarte su historia y algunos detalles que, tal vez, no conocías.



CUENTA LA LEYENDA...

Mucho antes de que las aguas de la laguna Epecuén atrajeran a miles de turistas, los pueblos originarios que habitaban la región ya le atribuían un carácter sagrado. Entre las historias que se transmitieron de generación en generación, una de las más conocidas es la leyenda de Epecuén y Tripantu.

Cuenta la tradición que, después de un gran incendio que arrasó los bosques de la región, un grupo de levuches encontró a un niño sobreviviente y lo bautizó Epecuén, que significa “casi quemado”. El pequeño creció fuerte y valiente, convirtiéndose con el tiempo en un destacado guerrero.

Años más tarde, durante una batalla contra los puelches, Epecuén tomó como cautiva a la hija del cacique enemigo. La joven se llamaba Tripantu, palabra que en lengua pampa significa “primavera”. Entre ambos nació un profundo amor y durante una luna completa vivieron un tiempo de felicidad. Sin embargo, el guerrero pronto se enamoró de otras mujeres capturadas en combate y olvidó a Tripantu.

La traición sumió a la joven en una tristeza tan profunda que comenzó a llorar sin consuelo. Sus lágrimas fueron tantas que, según la leyenda, formaron un inmenso lago de aguas saladas. El agua siguió creciendo hasta cubrir la tierra y terminó por ahogar a Epecuén junto con sus nuevas amantes. Así consumó Tripantu su venganza.

Pero la historia no termina allí. Al enterarse de la muerte del guerrero, la joven perdió la razón y comenzó a vagar por las orillas del lago. Una noche de luna llena creyó escuchar la voz de Epecuén surgiendo desde el murmullo de las aguas. Desde entonces, nunca más volvió a ser vista.

Por ese motivo, la laguna fue considerada un lugar sagrado por los pueblos originarios de la región. Incluso hoy, cuando el sol se esconde detrás del horizonte y las ruinas de Villa Epecuén se recortan sobre el paisaje, muchos aseguran que el lago conserva un aura de misterio. La vieja leyenda dice que quien escuche atentamente el sonido de las aguas en una noche de luna llena podrá oír las voces de Epecuén y Tripantu, finalmente reunidos después de una historia marcada por el amor, la pérdida y el paso del tiempo.


LA HISTORIA

La historia de Epecuén se remonta mucho antes de la fundación de la ciudad. Los pueblos originarios que habitaban la región ya conocían la laguna y la consideraban un lugar especial, al que le atribuían propiedades curativas y un profundo carácter sagrado.
Con el paso de los años, aquello que durante generaciones había sido una creencia de los pueblos originarios comenzó a despertar el interés de la ciencia. Un estudio encargado por el gobierno de la provincia de Buenos Aires confirmó que las aguas de la laguna poseían una alta concentración de minerales. Los especialistas determinaron que se trataba de un cuerpo de agua hipermarino cuyas características sólo podían compararse con las del mar Muerto.

El informe señalaba además que sus aguas podían contribuir al tratamiento de enfermedades reumáticas y afecciones de la piel. Quienes visitaban Epecuén aseguraban sentir alivio en sus dolencias después de sumergirse en la laguna, una fama que con el tiempo convertiría al lugar en uno de los destinos turísticos más importantes de la región.

El desarrollo turístico de la región comenzó a acelerarse con la llegada del ferrocarril a Carhué en 1899. Atraídos por la fama de las propiedades terapéuticas de la laguna, cada vez más visitantes llegaban en busca de alivio para distintas dolencias. Para recibirlos, comenzaron a surgir hoteles y pensiones que ofrecían, entre otros servicios, el traslado hasta las aguas saladas de Epecuén. En aquellos años, los baños termales se realizaban calentando agua de la laguna con yuyo zampa en grandes fuentones o bañaderas de zinc.

Entre 1915 y 1919, una serie de importantes precipitaciones elevó el nivel de la laguna y disolvió gran parte del manto salino que cubría sus orillas. Este cambio llevó a algunos pioneros a imaginar la creación de un pueblo turístico junto a sus aguas. La idea comenzó a concretarse en 1921 con la inauguración del primer balneario y, un año más tarde, con el loteo de los terrenos que darían origen a la futura Villa Epecuén, inicialmente denominada "Mar de Epecuén".

Las calles del nuevo asentamiento fueron bautizadas con nombres inspirados en el centro porteño, como Avenida de Mayo, Esmeralda, Maipú, Cerrito, Rivadavia y Mitre. El crecimiento fue rápido. Gracias al loteo, numerosos inversores y particulares construyeron hoteles, residencias y comercios a orillas de la laguna. En pocos años surgieron establecimientos emblemáticos como Las Delicias, Royal y Parque. La expansión hizo necesaria la construcción de una escuela, una iglesia y otros servicios básicos para atender a una población cada vez más numerosa.


El crecimiento de Epecuén atrajo también importantes inversiones. En 1925, la empresa Minas de Epecuén impulsó un ambicioso proyecto de explotación termal inspirado en los grandes centros de bienestar europeos. Dos años más tarde inauguró un imponente edificio destinado a baños termales que utilizaban agua extraída directamente de la laguna. El complejo contaba además con un extenso espigón y una usina eléctrica propia, una infraestructura poco común para la época.

Las sales minerales obtenidas de la laguna eran utilizadas para elaborar distintos productos que se comercializaban tanto dentro del establecimiento como en otras regiones del país, contribuyendo a consolidar la reputación terapéutica de Epecuén.

Sin embargo, las dificultades económicas y las variaciones en el nivel de las aguas comenzaron a afectar la viabilidad del emprendimiento. Con el paso de los años, el proyecto perdió impulso y hacia 1940 gran parte de sus instalaciones se encontraba en estado de abandono y deterioro.


Hacia fines de la década de 1960, Villa Epecuén atravesaba una situación particular. Gran parte de su infraestructura había quedado desactualizada y aquellos elegantes hoteles que habían dado fama al lugar en sus primeros años ya no respondían a las nuevas demandas del turismo. La mayoría de los visitantes seguían siendo personas mayores que acudían a la laguna en busca de alivio para sus dolencias, por lo que la falta de modernización no parecía representar un problema inmediato.

Sin embargo, las autoridades comprendieron que el potencial turístico de Epecuén estaba lejos de agotarse y pusieron en marcha un ambicioso plan de renovación. La iniciativa no sólo revitalizó la villa, sino que transformó por completo su perfil. En pocos años, Epecuén pasó de ser un destino tradicional a convertirse en un pujante centro vacacional capaz de recibir hasta 25 mil turistas durante la temporada de verano.

El proyecto incluyó la instalación de un moderno sistema de iluminación, la pavimentación de más de veinte cuadras, la inauguración de la Casa de Epecuén en la ciudad de Buenos Aires y la construcción de una nueva estación. Después de años de estancamiento, la villa parecía haber recuperado el impulso de sus mejores épocas.


LA TRAGEDIA

Las fluctuaciones del nivel del agua habían sido una constante en la historia de la región. Las lagunas alternaban períodos de sequía con etapas de importantes crecidas, una situación que dificultaba la estabilidad tanto de las actividades productivas como del desarrollo turístico.

Con el objetivo de controlar estas variaciones, se puso en marcha un «Plan Maestro» destinado a regular el caudal de las lagunas y almacenar agua durante los períodos húmedos para afrontar mejor las épocas de escasez.

Sin embargo, la laguna Epecuén formaba parte del sistema de las llamadas "Encadenadas del Oeste", una red de lagunas conectadas entre sí por canales. Además, se trata de una cuenca endorreica, es decir, un sistema cerrado en el que el agua no desemboca en el mar y sólo puede disminuir por evaporación o infiltración. Esta particularidad fue la que permitió la elevada concentración de sales que hizo famosas a sus aguas y convirtió a Epecuén en un destino turístico único.

A comienzos de la década de 1970 se iniciaron obras destinadas a reestructurar el sistema hidráulico de la región. Sin embargo, diversos problemas económicos retrasaron los trabajos y, tras el golpe militar de 1976, las obras fueron paralizadas definitivamente. Aunque años más tarde se intentó reforzar la protección de la villa mediante la construcción de un terraplén, la infraestructura ya mostraba importantes deficiencias.

Con el sistema hidráulico deteriorado y una creciente presión sobre el entorno producto del desarrollo turístico, la situación se volvió cada vez más delicada. Durante 1985, además, la región recibió en apenas seis meses una cantidad de precipitaciones equivalente a la que normalmente caía en un año entero.

Paradójicamente, aquello que impulsó el crecimiento de Epecuén también terminaría siendo la causa de su tragedia.

La noche del 10 de diciembre de 1985, el terraplén cedió y las aguas comenzaron a avanzar sobre el pueblo. Los habitantes debieron abandonar sus hogares apresuradamente, sin imaginar que muchos de ellos no volverían a ver sus casas. Con el paso de los años, el agua continuó subiendo hasta cubrir calles, hoteles y viviendas. Para 1993, Villa Epecuén permanecía sumergida bajo más de diez metros de agua salada.


Grandes obras arquitectónicas quedaron destruidas por aquel entonces, como por ejemplo, El Matadero de Epecuén que fue realizado por el arquitecto Francisco Salamone.


Actualmente, las ruinas de Villa Epecuén forman parte de uno de los circuitos turísticos más visitados del sudoeste bonaerense. Miles de personas llegan cada año para recorrer los vestigios de una localidad cuya historia combina prosperidad, tragedia y resiliencia.

Las estructuras cubiertas de sal, los edificios que resistieron el paso del tiempo y el silencio que envuelve sus calles le han valido el apodo de "la ciudad fantasma". Entre las ruinas, el pasado parece permanecer suspendido, como si la memoria de quienes habitaron el pueblo todavía recorriera sus rincones. Quizás por eso, al caer la tarde, no resulta difícil imaginar que alguna figura surgida de las antiguas leyendas regresa desde el horizonte para caminar una vez más por las calles de Epecuén.


Epecuén volvió a emerger de las aguas, pero nunca regresó del todo al mundo de los vivos. Entre ruinas blanqueadas por la sal y calles detenidas en el tiempo, la ciudad fantasma sigue contando su historia a quien quiera escucharla. Y mientras la laguna refleja los últimos colores del atardecer, la leyenda y la memoria continúan caminando juntas por sus calles silenciosas.


Agradezco a Laura Jakulis por permitirme utilizar para mi trabajo dos de sus magníficas fotos de su viaje a Epecuén.


Idea, investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen




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domingo, 24 de mayo de 2026

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY. ESTECO, LA CIUDAD DESAPARECIDA

ESTECO, LA CIUDAD "DESAPARECIDA" QUE SIGUE ESTANDO PRESENTE



La historia de Esteco constituye uno de los enigmas más sugerentes del período colonial en lo que hoy es la provincia de Salta. Fundada en 1566, esta ciudad se consolidó en muy poco tiempo como un punto clave del circuito comercial que conectaba el Alto Perú con el Río de la Plata. Su ubicación estratégica la convirtió en un enclave próspero, donde circulaban bienes, riquezas y una actividad económica que la distinguía dentro del mapa colonial.


Sin embargo, esa misma prosperidad fue también el punto de partida de su construcción mítica y su posterior leyenda trágica. Diversos relatos de la época la describen como una sociedad marcada por la ostentación y la soberbia, en la que el lujo del oro y la seda parecía haber desplazado los principios de austeridad religiosa que regían en otras zonas del Tucumán colonial.

Hoy en Domingos de Curiosidades voy a contarte la historia detrás de esta mítica ciudad y algunos detalle que, tal vez, no conocías.



LA LEYENDA

Según la leyenda, Esteco fue una de las ciudades más ricas y prósperas del norte argentino. Se decía que estaba asentada en un entorno fértil y luminoso de la actual provincia de Salta, y que sus construcciones estaban recubiertas de oro, como si la abundancia se hubiera vuelto parte del paisaje mismo. Sus habitantes vivían rodeados de fortuna y no solo no la ocultaban, sino que la exhibían con orgullo, como si la riqueza fuera un rasgo natural de su identidad.

Con el tiempo, esa opulencia fue transformando la vida cotidiana en una forma de soberbia. La tradición oral describe a sus habitantes como personas cada vez más mezquinas y despectivas, donde el valor del dinero ocupaba un lugar absoluto. Se cuenta incluso que el gesto de agacharse para recoger algo caído —un pañuelo, un sombrero— era considerado indigno, como si el contacto con lo mínimo fuera una ofensa a su estatus. En ese mundo de vanidades, los pobres eran despreciados y los esclavos maltratados, mientras el lujo y el placer marcaban el ritmo de la vida social.

En ese contexto llega a la ciudad un viejo misionero, con la intención de redimir a sus habitantes. Su figura contrasta por completo con el entorno: herido, cansado, con los pies lastimados y las vestiduras desgastadas, recorre las casas pidiendo limosna y algo de alimento. Sin embargo, a pesar de tocar una puerta tras otra en aquellos hogares lujosos, nadie se detiene a ayudarlo. La ciudad, saturada de riqueza, parece haberse vuelto incapaz de reconocer la necesidad ajena.

Ya en las afueras de Esteco, el misionero encuentra a una mujer muy humilde que vive junto a su hijo. Conmovida por su estado, ella decide ofrecerle lo poco que tiene: sacrifica su única gallina para darle alimento y le brinda un lugar donde descansar. Ese gesto, sencillo pero profundo, contrasta de manera radical con la indiferencia de la ciudad. Cuando el misionero vuelve a recorrer Esteco, insiste en su mensaje: llama a recuperar la humildad, la caridad y las costumbres sencillas, pero sus palabras solo encuentran burla y rechazo.

Esa misma noche regresa a la casa de la mujer y se le revela como un profeta. Le anuncia entonces que la ciudad será destruida si no cambia su forma de vida: un terremoto como castigo divino caerá sobre la avaricia y la soberbia de sus habitantes. También le ordena que tome a su hijo y abandone el lugar de inmediato, porque ella será salvada gracias a su gesto de bondad.

Antes de partir, le deja una última advertencia: no debe volver la vista atrás bajo ninguna circunstancia, ni siquiera si el mundo parece derrumbarse detrás de ella. Solo así podrá salvarse. La mujer acepta y, abrazando a su hijo, abandona la ciudad en plena madrugada.

Poco después, la noche se quiebra con un estruendo profundo. Un trueno sacude la tierra y la catástrofe se desata: el suelo se abre, el fuego brota desde las entrañas de la tierra y Esteco comienza a hundirse mientras sus casas y habitantes desaparecen en el abismo. En medio del caos, la mujer, vencida por la angustia y la curiosidad, se da vuelta para mirar lo que ocurre detrás. En ese instante, queda convertida en piedra, inmóvil, eternizada en el gesto de caminar con su hijo en brazos.

La tradición popular sostiene que esa figura sigue presente y que, cada año, desciende simbólicamente hacia la ciudad de Salta, como un eco silencioso de una historia que nunca termina de desaparecer del todo.


LA HISTORIA

En 1566, un grupo de españoles encabezados por Jerónimo de Holguín, Diego de Heredia y Juan de Berzocana fundó un asentamiento en la ribera oriental del río Salado, tras un motín contra el gobernador del Tucumán, Francisco de Aguirre. Este primer poblado recibió inicialmente el nombre de Cáceres, pero luego fue reorganizado oficialmente como Nuestra Señora de Talavera en 1567 por el gobernador Diego Pacheco.

El asentamiento se ubicaba en la región chaqueña y tenía una población europea reducida que dominaba la vida política y militar, mientras que la mayoría de sus habitantes eran pueblos originarios, principalmente toconotés, lules y matarás, sometidos al sistema de encomienda. Con el tiempo, esta población indígena fue clave en las tareas agrícolas y textiles, lo que generó un proceso temprano de mestizaje.

En 1609 el primer asentamiento fue abandonado debido al declive de la ruta comercial del río Salado y a conflictos derivados de la explotación indígena. Sin embargo, algunos habitantes permanecieron en la zona, dando origen a pequeños núcleos como Esteco el Viejo, mientras otros se trasladaron hacia nuevas fundaciones.

A lo largo de las décadas siguientes se realizaron nuevos intentos de reorganización y fundación de ciudades en la región, como Nueva Madrid de las Juntas en 1592, hasta que en 1609 se unificaron distintos asentamientos bajo el nombre de Nuestra Señora de Talavera de Madrid de Esteco, aunque en la práctica predominó el nombre de Esteco.

La ciudad llegó a alcanzar una población considerable para la época, aunque las cifras exactas son discutidas. Su decadencia comenzó a fines del siglo XVII, tras ataques de pueblos originarios, epidemias, problemas de riego y el desplazamiento de las rutas comerciales. Finalmente, en 1686 fue devastada por un ataque mocoví y el 13 de septiembre de 1692 un gran terremoto terminó de destruirla, sellando su desaparición.

Gran parte de los sobrevivientes se trasladaron a otras localidades cercanas como Metán y Rosario de la Frontera. Con el tiempo, el sitio quedó en ruinas y fue redescubierto en investigaciones arqueológicas recién en 2014, cuando equipos del CONICET y la Universidad Nacional de La Plata identificaron restos importantes de la antigua ciudad.


EL TRABAJO ARQUEOLÓGICO

Las excavaciones en Esteco continúan revelando fragmentos de una historia que permaneció siglos oculta bajo la tierra. Sin embargo, el trabajo arqueológico no resulta sencillo. La espesura del monte, el crecimiento constante de la vegetación y la falta de delimitación precisa del sitio dificultan las tareas de exploración y conservación. Aun así, cada campaña permite recuperar objetos que hablan de la vida cotidiana de quienes habitaron aquella ciudad perdida.

La antropóloga platense Julia Simioli explica que en el lugar aparecen elementos extremadamente diversos: cerámicas, restos de alimentación, objetos de uso doméstico y vestigios de distintas tradiciones culturales que convivieron dentro de Esteco. Algunas piezas llegaron desde Europa en barcos, como las vasijas de aceite de oliva que atravesaban puertos y caminos hasta alcanzar el norte colonial a través de Buenos Aires. Otras, en cambio, fueron producidas por los pueblos originarios sometidos al sistema de encomienda, utilizando técnicas y formas propias. Esa convivencia de materiales tan distintos convierte al sitio en una fuente invaluable para comprender el entramado social y cultural de la época.

Las excavaciones también permitieron hallar restos de animales criados para el consumo, así como especies obtenidas mediante la caza y la pesca, lo que ofrece nuevas pistas sobre la alimentación y las prácticas cotidianas de la población. Para los investigadores, el valor de Esteco reside justamente en esa enorme heterogeneidad de objetos y testimonios.

Tras la muerte del arqueólogo Alfredo Tomasini en 2017, uno de los principales impulsores de las investigaciones en la zona, Julia Simioli asumió la tarea de preservar parte del material recuperado. Muchas de esas piezas fueron trasladadas al Museo de Antropología de Salta, donde actualmente se exhiben como parte de una colección que mantiene viva la memoria de la ciudad desaparecida.


Simioli recuerda el paso por Esteco como una experiencia profundamente movilizadora. Entre quienes participaron de las campañas arqueológicas existe una sensación compartida: la de haber trabajado en un sitio prácticamente inagotable. Según sostiene la antropóloga, ni siquiera varias generaciones alcanzarían para explorar por completo todo lo que todavía permanece enterrado en esas antiguas ciudades.

Parte de la fascinación que despierta Esteco radica en la posibilidad de establecer un puente directo entre los documentos históricos y los objetos hallados en las excavaciones. No se trata solo de estudiar relatos escritos sobre el pasado, sino también de encontrarse cara a cara con pertenencias de personas que vivieron y murieron allí siglos atrás. Esa combinación entre historia documental y evidencia material convierte al sitio en un espacio excepcional dentro de la arqueología argentina.

Aunque la muerte de Tomasini dejó inconcluso gran parte del trabajo, sus discípulos y colegas continúan intentando obtener los permisos necesarios para retomar las investigaciones. Muchos de los estudiantes que él formó, provenientes tanto de Salta como de otros lugares del país, esperan regresar al monte para continuar desenterrando la historia de Esteco.

Entre el calor sofocante, la tierra y la vegetación cerrada, se fue formando también una comunidad de investigadores unida por el mismo objetivo: reconstruir la memoria de una ciudad que desapareció hace siglos, pero que, paradójicamente, sigue apareciendo una y otra vez entre las ruinas, los relatos y los hallazgos arqueológicos.




Esteco cayó, se hundió, fue cubierta por un terremoto, pero nunca dejó de hablar. Entre las leyendas, las ruinas enterradas y los objetos que todavía emergen del monte salteño, la ciudad parece seguir respirando debajo del tiempo. A veces reaparece en una vasija rota, en un muro oculto o en el trabajo silencioso de quienes todavía la buscan entre la tierra y la memoria. Quizás algunas ciudades desaparecen solo de los mapas, porque hay historias que el tiempo intenta sepultar y, aun así, siempre encuentran la forma de volver a la luz.



Idea, investigación y edición: Isa Santoro
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