Editorial Atrapados por la Imagen
CUENTOS Y RELATOS
Presenta:
a. . .
Cristina Martín
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en
"Abuelo Pepe"
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
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Tía Dora trajinaba en la cocina, como todas las mañanas, para hacer el pan casero. Abuelo Pepe escuchaba noticias frescas en su vieja radio a galena. -Nada mejor que lo viejo- había dicho una vez que la abuela Ángela quería cambiar la cama antigua de bronce por otra de madera. Y no se lo permitió. El abuelo hablaba poco, pero sus palabras eran una sentencia en la casona de los Martín.
No hay amor como el primero
aunque el segundo más valga
porque el primero llegó
a los rincones del alma.
Abuela
Ángela insistía con sus coplas canarias, mientras pelaba papas y zanahorias
para el puchero del mediodía, debajo de la parra de uvas chinches. Abuelo Pepe apagaba
la radio y se acomodaba en su silla petisa para contarnos una vez más la Guerra
Civil Española. Los ojos marrones le brillaban y su fuerza de viejo anarquista
le hacía mover las manos ásperas de tanto hacer la quinta, pero que se movían,
ágiles, como mariposas.
-Los falangistas eran los malos y los republicanos, los buenos- Mary, Graciela, Pepito, María Elena y yo escuchábamos con la boca abierta; porque nos contagiaba su entusiasmo, aunque no entendiéramos demasiado. Yo lo veía muy grande desde mis ojos de niña y pensaba que me miraba especialmente a mí. No entendía bien por qué.
Dicen que amor el primero
yo digo que no es así
para querer al que tengo
del primero desistí.
La abuela recitaba coplas, pero
nunca abandonaba sus quehaceres cotidianos. Limpiaba puerros, albahaca,
perejil, tomillo, para que la sopa quedara más apetitosa y de reojo espiaba a
Pepito, el más desobediente de los nietos, quien deshojaba las cuantiosas
flores del jardín de los Martín
- Pepe, travieso, si pareces entenado, coño- se lo decía y le pegaba un coscorrón para intimidarlo.
El abuelo ponía pasión en esa
historia tan suya y tan dolorosa
- Un día los malos, que eran muy malos persiguieron a un poeta llamado Federico García Lorca y lo mataron
- ¿Qué es un poeta, abuelo?
- Es una persona que escribe versos
- ¿Es lindo ser poeta?
- Pues claro, niña, los poetas dicen cosas hermosas que después aparecen en los libros. Los poetas ponen alas a las palabras.
- A mí me gustaría ser poeta, abuelo, para poner alas a las palabras
- Bueno niña, deséalo mucho y lo serás. Pero claro, deberás leer mucha poesía.
Eso
fue una mañana fresca de primavera, mientras yo miraba cómo chorreaban flores
lilas de la glicina. Tía Dora amasaba, como siempre, la harina con agua y
levadura, hasta que la masa empezara a hacer ruiditos. Ese era el momento de
ponerla a descansar un rato.
¡Oh, cementerio sagrado!
donde van el grande y el chico
allí no se ofende el rico
tener el pobre a su lado.
- Pepito, ¿cuándo escucharás tú una copla? deja el balde tranquilo de una buena vez ¡eh, niño!
- Abuela, yo quiero tirarlo por el aljibe, para ver cómo se mueve la ruedita
- Rondana, burro, cuándo aprenderás tú. Y acuérdate que en el aljibe están el vino y la soda refrescándose, para la hora de comer. ¡Ojo! que si tu padre te ve, no habrá quién te salve de una paliza.
María
Elena, Graciela y Mary se iban a jugar al pido gancho, debajo de la glicina, mientras
yo le insistía al abuelo que me contara la historia del poeta Federico
- Federico fue terco como una mula ¿sabes, niña? Cuando se enteró de que los malos lo perseguían, se fue urgente a la casa de su amigo también poeta, Luis Rosales, quien vivía en la ciudad de Granada, cerca de Fuentevaqueros, donde había nacido Lorca, al sur de España. Pero tuvo mala suerte. Lo persiguieron tanto que lo encontraron. Y unos días después lo fusilaron.
- ¿Por qué matan a los poetas, abuelo, si ellos son buenos? - pregunté llorosa.
- Ah, niña ¿sabes qué pasa? - La mayoría de ellos, piensan diferente de los gobiernos tiranos que no permiten que nadie tenga ideas distintas. Esto le pasó a Federico. Él deseaba un país libre, donde todos pudieran pensar y decir lo que sentían y quería un presidente elegido por los habitantes de España. Además, llevaba un clavel rojo en la solapa de su saco, y eso no estaba bien visto para los hombres
- Abuelo, ¿vos sabrás alguna poesía de ese poeta que a mí me pueda gustar?
- Conozco muchas, pero de memoria, sólo algunas. Ya tengo memoria de viejo, niña. ¿A ver ésta?
Mamá
Yo quiero ser de plata.
Hijo, tendrás mucho frío.
Mamá
Yo quiero ser de agua.
Hijo, tendrás mucho frío.
Mamá
Bórdame en tu almohada.
Eso sí
Ahora mismo.
- Me gusta, abuelo. ¿Cómo se llama?
- Canción tonta
- ¿Por qué se llama tonta? A mí no me parece tonta, abuelo
- Cuando seas grande, ya entenderás que las palabras quieren decir más de una cosa, especialmente en poesía
- ¿Te gustaría, abuelo, que cuando yo sea grande, me convierta en escritora como tío Antonio?
- Me gustaría mucho, niña, por supuesto. Entonces escribirás las historias de esta familia.
- Te lo prometo, abuelo.
Tía
Dora ponía en el horno los panes redondos con una cruz en el centro, hecha con
un cuchillo grande y puntudo con mango de madera, que las niñas y Pepito
teníamos prohibido tocar. La abuela Ángela arrastraba sus piernas flacas hasta
el aparador de la cocina, para sacar el moscato con el que invitaba a mi
hermano Juancho, el único nieto en edad de compartir una copita con ella. La
tía pretendía que las niñas le ayudáramos a poner la mesa debajo de la parra de
uvas chinches, bien temprano. Porque si volvía el tío Benito del taller mecánico
y no encontraba la mesa lista, frunciría el ceño, seguramente. Siempre me
acuerdo de él, de su musculosa blanca, de su paso recto, de su seriedad. Me
llamaba la atención que nunca se riera. Yo pensaba de chica que era un ser
triste y que como no podía hablar de su vida, era enojoso. Pero a la vez, muy
correcto.
Mientras
mi hermana y mis primas acudían presurosas a colaborar con la mesa, yo me
escabullía silenciosa para sentarme, aunque sea por un ratito, al lado de la
sillita petisa por si podía escuchar alguna historia más. Eso tan pequeño me
colmaba de una enorme felicidad. En ese tiempo no entendía bien por qué. Ahora
pienso que el abuelo Pepe también ponía alas a las palabras.
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Editora Literaria: Isabel Santoro
SEPTIEMBRE 2026

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Hermoso recuerdo y muy bien narrado.
ResponderBorrarUna historia que trasunta una gran emotividad
ResponderBorrarUn texto hecho con finísimo pudor infantil y un cuidado de orfebrería para las palabras. Lo primero que leo de esta amiga y, francamente, satisfecho.
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