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domingo, 20 de septiembre de 2026

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY SAN FRANCISCO DE ALFARCITO, JUJUY

 SAN FRANCISCO DE ALFARCITO, UN RINCÓN JUJEÑO CON MÍSTICA PROPIA

  



En la inmensidad de la Puna jujeña existen pequeños pueblos que parecen guardar sus historias en silencio, entre montañas, caminos y paisajes que conservan una belleza casi intacta. Son lugares donde el tiempo parece transcurrir de otra manera y donde la sencillez de sus habitantes se convierte también en parte de su encanto. Entre ellos se encuentra una verdadera perla del norte argentino: San Francisco de Alfarcito.

Hoy, en Domingos de Curiosidades, te invito a conocer un poco más de este singular rincón de Jujuy, un pequeño pueblo ubicado a unos 170 kilómetros de la capital provincial, que sorprende no solo por la calidez de su gente y el paisaje que lo rodea, sino también por una particularidad que lo hace diferente: solo puede recibir hasta 22 visitantes a la vez.


UN POCO DE HISTORIA

San Francisco de Alfarcito es una pequeña comunidad de la Puna jujeña que ha sabido conservar, a través del tiempo, buena parte de las costumbres y formas de vida heredadas de sus antepasados kollas. Su nombre está ligado al cultivo de alfalfa, una actividad que históricamente formó parte de la vida de sus habitantes y que todavía permanece presente en las tareas del campo.



Ubicado a unos 3.400 metros sobre el nivel del mar, en el departamento de Cochinoca y a orillas de la laguna Guayatayoc, el pueblo se encuentra entre las cumbres de Alfar y rodeado por el río Cortaderas. Allí, el paisaje parece abrazar las pequeñas construcciones de piedra, adobe y paja, mientras los cerros que rodean la comunidad se recortan contra un cielo diáfano durante buena parte del año.




Son alrededor de 25 las familias que habitan este rincón de la Puna, donde las montañas también forman parte de la memoria colectiva. Fueron sus propios habitantes quienes dieron nombre a algunos de los cerros que rodean el pueblo, como el Maravilloso, el Negro y el Tres Pintores. La aldea, de tonos ocres y formas sencillas, tiene como protagonista visual a la blanca Iglesia de San Francisco de Asís, que sobresale entre las viviendas.




La vida cotidiana transcurre siguiendo los ritmos de la naturaleza y un antiguo calendario agropastoril y cultural. La comunidad se organiza para realizar las tareas del campo y muchas de ellas son rotativas entre las familias. Se cultivan maíz, alfalfa y habas, mientras que la cría de llamas, ovejas y cabras constituye otra de las actividades que sostienen la vida cotidiana.




Con el paso de los años se sumaron nuevas actividades, como la elaboración de artesanías y el turismo. Entre ellas se destacan los tejidos realizados con lana de llama, cuya elaboración continúa vinculada al calendario ancestral: las esquilas, por ejemplo, se realizan durante el verano.




Pero quizás una de las características más valiosas de Alfarcito sea la manera en que sus habitantes entienden la vida en comunidad. Allí permanece viva una filosofía del buen vivir heredada de sus ancestros, basada en la armonía, la colaboración y el cuidado compartido del lugar. Incluso la conservación de los espacios públicos y de los recursos naturales se decide y se lleva adelante de manera comunitaria.



Ese vínculo con la naturaleza también tiene una dimensión sagrada. En el pueblo existe un ojo de agua considerado un sitio de especial importancia, donde cada agosto se celebra a la Pachamama. Durante la tradicional corpachada se preparan comidas típicas, como el picante de mote, la tijtincha y el pire, que se comparten entre familiares y amigos junto con chicha y hojas de coca.

La tradición también se expresa en sus celebraciones religiosas. Cada 4 de octubre, la comunidad celebra sus fiestas patronales en honor a San Francisco de Asís, en una muestra de ese particular sincretismo que une las creencias católicas con las prácticas ancestrales andinas.

La iglesia del pueblo merece una mirada especial. Sus techos abovedados, realizados con madera de queñua y cubiertos con adobe, forman parte de una arquitectura sencilla pero profundamente ligada al paisaje y a la historia de la comunidad.




Al caer la noche, cuando la luna aparece entre los cerros, el ritmo de Alfarcito se vuelve todavía más sereno. Entonces, entre las montañas, el silencio apenas se interrumpe por el sonido del agua. En la parte alta del pueblo, tres grandes piletones destinados a la cría de truchas aportan además otro recurso para el sustento de sus habitantes.

Y en medio de esa tranquilidad hay dos habitantes muy particulares que se han ganado un lugar en la vida cotidiana del pueblo: Cholo y Blanca, dos llamas que quedaron sin sus progenitores y fueron adoptadas naturalmente por la comunidad. Hoy caminan libremente entre las casas, como si siempre hubieran pertenecido a ese paisaje.




Quizás sea justamente esa combinación de naturaleza, tradición y vida comunitaria la que permite comprender por qué San Francisco de Alfarcito conserva una identidad tan particular. Un pequeño pueblo donde las antiguas costumbres no parecen formar parte solamente del pasado, sino que continúan acompañando, silenciosamente, la vida de quienes lo habitan.


¿
POR QUÉ SÓLO 22 VISITANTES A LA VEZ?

En San Francisco de Alfarcito el turismo tiene una particularidad que sorprende desde el comienzo: sólo 22 visitantes pueden alojarse al mismo tiempo en el pueblo. Pero lejos de tratarse de una estrategia de exclusividad, la razón es mucho más sencilla. La pequeña comunidad cuenta únicamente con 22 plazas habilitadas para recibir turistas.




Sin embargo, detrás de ese número hay también una decisión que habla de la manera en que sus habitantes entienden el turismo. Aunque la llegada de visitantes representa una oportunidad para generar nuevos ingresos, la comunidad eligió mantener un equilibrio entre quienes llegan y la vida cotidiana del pueblo, procurando preservar sus costumbres, su entorno y esa tranquilidad que forma parte de su identidad.




Por eso, visitar Alfarcito no significa simplemente llegar a un destino y recorrerlo. La propuesta invita a acercarse a una comunidad que conserva sus formas de vida y que busca compartirlas sin que el turismo transforme aquello que la hace especial. Sus construcciones de piedra, adobe y paja, sus antiguas tradiciones y el paisaje inmenso de la Puna forman parte de una experiencia en la que el visitante puede sentirse, por un momento, dentro de la vida del lugar.




Esa misma idea de comunidad se refleja incluso en pequeños detalles de la vida cotidiana. En el pueblo existen dos espacios gastronómicos y, en lugar de competir entre ellos, se organizan para que cuando uno abre sus puertas, el otro permanezca cerrado. Una manera sencilla de entender que allí la cooperación tiene más valor que la competencia.

Llegar hasta este rincón jujeño también forma parte de la experiencia. Desde San Salvador de Jujuy, el camino conduce por la Ruta Nacional 9 hacia los paisajes de la Quebrada de Humahuaca y luego por la Ruta Nacional 52, hasta tomar el desvío que lleva hacia Alfarcito. El recorrido atraviesa algunos de los escenarios más imponentes de la Puna y prepara al viajero para encontrarse con un pueblo pequeño, silencioso y profundamente ligado a su territorio.




Quizás esas 22 plazas expliquen, en parte, el encanto de este lugar. Aquí el turismo parece tener otro ritmo: llegar, conocer, compartir y marcharse sin dejar que la presencia del visitante borre la esencia de quienes viven allí. Una invitación a descubrir la Puna desde adentro, pero respetando el pulso propio de la comunidad.





Pienso que, quizás la magia de San Francisco de Alfarcito esté justamente en aquello que no necesita grandes explicaciones: sus montañas, el silencio de sus calles, las historias que guardan sus habitantes y esa manera tan particular de entender la vida en comunidad.

En un mundo que muchas veces parece avanzar demasiado rápido, este pequeño rincón de la Puna invita a detenerse, mirar y escuchar. A descubrir que todavía existen lugares donde las tradiciones siguen vivas y el tiempo parece andar más despacio.

Y tal vez sea eso lo que uno se pueda llevar al partir, la sensación de haber conocido un lugar que no se visita solamente, sino que se guarda para siempre en la memoria.



Idea, investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen





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8 comentarios:

  1. Hermosa semblanza del pueblo. Todo Jujuy es así. Viven en un eterno tiempo sagrado, creo yo. Un verdadero kairós. Gracias!

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    1. Muchísimas gracias por tus palabras, qué bueno que te haya gustado!

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  2. Isa, qué capa, qué linda y simpática investigación, mirá, yo soy re urbano, me encanta vivir en una ciudad tan tumultuosa como Buenos Aires, pero has hecho el milagro de que desee ser alguna vuelta uno de los 22

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    1. Amigo, siempre con tus lindas devoluciones, realmente dan ganas de ser uno de los 22. Muchas gracias por tus lindas devoluciones de siempre. Abrazo enorme.

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  3. Gracias ISA. Siempre son sorpresas para mí los lugares que mostrás y la delicadeza con que describís cada pequeño o gran detalle. Muy bello!

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    1. Muchas gracias Cris, muy lindas tus palabras. Me alegra mucho que te haya gustado la nota. Un abrazo.

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  4. Isa, qué lindo descubrimiento nos regalaste esta vez. Mientras te leía sentía que iba recorriendo Alfarcito, entre sus paisajes, sus historias y esa forma tan especial de vivir en comunidad. Una belleza de trabajo, amiga. ❤️

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    1. Muchas gracias amiga. Realmente Alfarcito es un lugar sumamente interesante con historia que da ganas de conocerlo y cómo dice Emilio, ser una de los 22. Abrazo enorme, amiga. 💜💚

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